Trastorno dismórfico, o cuando las personas empiezan a odiar su cuerpo
En la era de las redes sociales y los filtros de imagen, su incidencia ha crecido de forma preocupante, especialmente entre adolescentes y adultos jóvenes
Mujer sufre de dismorfia corporal en un gimnasio sintiéndose ansiosa Crédito: Nicoleta Ionescu | Shutterstock
El trastorno dismórfico corporal (TDC) es una afección psiquiátrica clasificada dentro del espectro obsesivo-compulsivo que afecta aproximadamente al 2% de la población mundial, aunque se estima que su prevalencia real es mayor debido al subdiagnóstico y al estigma que rodea a quienes lo padecen.
Se caracteriza por una preocupación excesiva e invasiva por uno o varios defectos físicos percibidos que, en la mayoría de los casos, son imperceptibles o inexistentes para los demás.
Ahora, en la era de las redes sociales y los filtros de imagen, su incidencia ha crecido de forma preocupante, especialmente entre adolescentes y adultos jóvenes, convirtiéndolo en un problema de salud pública que merece atención urgente.
Directrices para reconocer y abordar el TDC
La dismorfia corporal afecta tanto a hombres como a mujeres, sin distinción de género. Expertos como Viren Swami, profesor de psicología social en la Universidad Anglia Ruskin, quien estuvo de invitado en el podcast “Complex” de la BBC, resaltan la importancia de reconocer los signos del TDC y buscar apoyo profesional. Destacan la necesidad de ser pacientes y empáticos hacia quienes padecen este trastorno, enfatizando que el acompañamiento puede ser crucial en su proceso de recuperación.
Con relación a este trastorno, BBC Mundo recogió dos testimonios bastante elocuentes de dos mujeres: Charlotte y Tilly, quienes experimentaron por mucho tiempo insatisfacción corporal y gracias a perseverancia y lucha han superado parcialmente.
Charlotte, una joven músico, experimentó TDC desde su adolescencia. Su vida se vio limitada por un intenso odio hacia su apariencia, lo que la llevó a buscar ayuda profesional. La terapia ocupacional y la música se convirtieron en herramientas fundamentales para su recuperación.
“Hice terapia ocupacional cuando estaba en tratamiento hospitalario, cosas como pintura, cerámica y composición musical, y así fue como volví a la música (…) Me ayudó a canalizar mi perfeccionismo, sacándolo de la oscuridad y llevándolo a la luz, y disipando esa vergüenza”, contó.
Mientras que Tilly relató su camino hacia la sanación. A pesar de las comparaciones en su entorno académico de diseño de moda, logró identificar su trastorno y buscar ayuda adecuada. Su experiencia refleja la importancia de educarse sobre el TDC y cómo esta conciencia puede empoderar a los afectados a pedir ayuda.
“Sentía que quería pedir perdón a las personas que pasaban a mi lado por lo fea que era”, afirmó. “No podía mirarme nunca en un espejo público”, agregó.
Tanto Charlotte como Tilly han encontrado caminos hacia la recuperación y el amor propio. Sus historias subrayan que, a pesar de las luchas internas, es posible vivir una vida plena y feliz. Ambas instan a quienes enfrentan el TDC a mantener la esperanza, recordando que la recuperación es posible y que la vida puede recuperar su calidad y alegría.
El espejo que miente
Por otro lado, María se levantaba cada mañana y lo primero que hacía antes de salir de la cama era prepararse mentalmente para enfrentarse al espejo. Su caso es extremo: lleva más de tres años sin poder pasar más de quince minutos frente a uno sin entrar en crisis. Su nariz, dice, es “grotesca”. Sus amigos no lo ven. Su familia tampoco. Su psiquiatra le explicó, hace poco, que lo que ve no es lo que existe. María tiene treinta y un años y padece trastorno dismórfico corporal.
Detrás de ese nombre clínico, a veces difícil de pronunciar, se esconden millones de personas que libran cada día una guerra silenciosa contra su propio reflejo, convencidas de que alguna parte de su cuerpo las hace indignas, repulsivas o directamente inaceptables ante los ojos del mundo.
Una enfermedad que se esconde tras de la vanidad
Uno de los mayores obstáculos para el diagnóstico y el tratamiento del TDC es la incomprensión social que lo rodea. Quienes lo padecen son tachados frecuentemente de vanidosos, superficiales o exagerados, cuando en realidad están atrapados en un ciclo de pensamiento obsesivo que no responde a la lógica ni a la razón. No se trata de querer verse mejor, como podría ocurrir con cualquier persona que se preocupa por su aspecto. Se trata de un sufrimiento genuino, paralizante y, en muchos casos, incapacitante.
El doctor Carlos Menchón, psiquiatra especializado en trastornos obsesivo-compulsivos, lo explica con claridad: “El paciente con TDC no está siendo caprichoso. Su cerebro procesa la imagen corporal de una manera distorsionada, y esa distorsión genera un nivel de angustia comparable al de otras enfermedades mentales graves. Ignorarlo o minimizarlo tiene consecuencias muy serias.”
Esas consecuencias incluyen el abandono de la vida social, la incapacidad para mantener un empleo, el aislamiento progresivo y, en los casos más graves, conductas autolesivas e intentos de suicidio. Estudios clínicos indican que la tasa de ideación suicida entre personas con TDC es significativamente más alta que en la población general, lo que convierte este trastorno en una emergencia de salud mental que no puede seguir siendo ignorada.
Lo que el TDC no perdona: la vida cotidiana
Las manifestaciones del trastorno son tan variadas como las personas que lo padecen. Algunos se obsesionan con la piel, buscando imperfecciones donde no las hay y sometiéndola a rituales de limpieza compulsiva. Otros fijan su atención en el peso, la forma de la mandíbula, el tamaño de las orejas, la simetría de los ojos o la densidad del cabello. El foco puede cambiar con el tiempo o puede mantenerse fijo durante años, pero el denominador común siempre es el mismo: una angustia desproporcionada, constante e incontrolable.
Para gestionar esa angustia, las personas con TDC desarrollan comportamientos compulsivos que, lejos de aliviarlos, alimentan el ciclo de la obsesión. Mirarse repetidamente en espejos o, por el contrario, evitarlos por completo. Buscar la aprobación constante de otros sobre su apariencia. Cubrirse con ropa determinada para ocultar la parte del cuerpo que les genera vergüenza. Pasar horas maquillándose, peinándose o investigando procedimientos estéticos que, en muchos casos, terminan en consultas de cirugía plástica que no resuelven nada porque el problema nunca fue físico.
Este último punto es especialmente relevante y preocupante. La comunidad médica advierte desde hace años sobre la necesidad de que los profesionales de la cirugía estética estén formados para identificar señales de TDC en sus pacientes. Operar a alguien que padece este trastorno sin tratamiento psicológico previo no solo resulta ineficaz, sino que puede agravar significativamente el cuadro clínico, trasladando la obsesión a otra parte del cuerpo o intensificando la insatisfacción inicial.
La era digital como catalizador
El auge de las redes sociales ha añadido una capa adicional de complejidad a este trastorno. La exposición constante a imágenes retocadas, cuerpos filtrados y estándares de belleza inalcanzables ha creado un caldo de cultivo ideal para que el TDC florezca, especialmente entre los más jóvenes. Los especialistas hablan ya de la “dismorfia del filtro”, un fenómeno por el cual algunos usuarios llegan a las consultas de cirugía estética con fotos de su propia cara retocada con filtros de Instagram, pidiendo parecerse a esa versión alterada de sí mismos.
Las plataformas digitales no solo imponen modelos estéticos, sino que funcionan también como espacios de comparación permanente. El scroll infinito se convierte, para quien tiene predisposición al TDC, en una espiral de insatisfacción imposible de detener. Los algoritmos aprenden rápidamente qué tipo de contenido engancha al usuario y lo alimentan sin pausa, sin advertencia, sin red de contención.
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