La fuerza descontrolada que te lleva a gritar e insultar a los demás: cómo opera el síndrome de Tourette
Es un trastorno neurológico que se manifiesta a través de movimientos y sonidos involuntarios denominados "tics"
Hombre haciendo tics, bruscos repentinos, movimientos o sonidos. Crédito: Kulkova Daria | Shutterstock
La Academia de Cine de Gran Bretaña y la BBC emitieron disculpas tras el incidente en el que un asistente con síndrome de Tourette lanzó un insulto racial durante la ceremonia de los premios BAFTA. Alan Cumming, presentador del evento, se disculpó en el momento, clarificando que los tics vocales son involuntarios.
El síndrome de Tourette es un trastorno neurológico que se manifiesta a través de movimientos y sonidos involuntarios denominados “tics”. Según los Institutos Nacionales de Salud, estos pueden intensificarse en situaciones de estrés.
Del 10 al 15% de los afectados por el síndrome presenta coprolalia, un tipo de tic que involucra el uso involuntario de lenguaje ofensivo o inapropiado. Este aspecto del síndrome fue destacado durante el evento para informar al público sobre la naturaleza involuntaria de tales reacciones.
La voz que escapa sin permiso
El síndrome de Tourette lleva décadas atrapado en un malentendido masivo. La imagen popular —la de alguien que lanza insultos y palabrotas de forma incontrolable— no es mentira, pero sí es una caricatura. La mayoría de los pacientes convive, en silencio relativo, con una realidad mucho más compleja: una tormenta neurológica que sacude el cuerpo y la mente sin pedir permiso.
Los tics pueden ser simples —un parpadeo repetido, un carraspeo, una contracción de hombros— o complejos, como repetir frases, imitar gestos ajenos o, en los casos más visibles mediáticamente, soltar palabras obscenas. El trastorno aparece generalmente en la infancia, entre los cinco y los diez años, y en muchos casos se atenúa con la adolescencia, aunque puede acompañar al paciente toda la vida.
Lo que hace al Tourette especialmente desconcertante es la paradoja del control. Los pacientes describen los tics como una presión interna creciente, similar a la necesidad de estornudar o rascarse, que puede contenerse por períodos breves, pero que termina por imponerse.
Es clave destacar que suprimir un tic no lo elimina: lo pospone y lo intensifica. Esa tensión acumulada convierte el esfuerzo de parecer “normal” en un trabajo extenuante, invisible para el entorno, pero agotador para quien lo vive. En los entornos escolares o laborales, ese esfuerzo silencioso suele confundirse con ansiedad, distracción o mala conducta.
Comprender el síndrome
La neurociencia ha avanzado en la comprensión del mecanismo subyacente. El Tourette involucra una disfunción en los circuitos que conectan los ganglios basales con la corteza motora y las regiones frontales del cerebro, áreas responsables de filtrar e inhibir impulsos. En esencia, el cerebro tourético falla en sus mecanismos de freno.
La dopamina juega un papel central: los tratamientos farmacológicos más eficaces actúan precisamente sobre este neurotransmisor, aunque ninguno suprime los tics por completo y todos conllevan efectos secundarios que obligan a calibrar con cuidado la relación entre beneficio y costo.
Más allá de la biología, el síndrome de Tourette es también una historia social. El estigma que rodea al trastorno —alimentado por representaciones cinematográficas reduccionistas y por el morbo que despiertan los tics más llamativos— genera un daño que a veces supera al propio síntoma. Quienes lo padecen no buscan atención ni provocación: libran, en cada conversación y en cada espacio público, una batalla que nadie más puede ver. Entender eso, antes que cualquier tratamiento, es ya una forma de medicina.
Posibles causas del síndrome de Tourette
El síndrome de Tourette es un trastorno neurológico complejo cuya causa exacta se desconoce, pero se asocia a una combinación de factores genéticos y ambientales.
Factores genéticos
- La predisposición hereditaria es clave, con estudios que indican un patrón de herencia dominante autosómica en muchas familias, aunque involucra múltiples genes y no un solo “gen Tourette”.
- Los hombres tienen 3-4 veces más riesgo que las mujeres, y tener familiares con tics o el síndrome aumenta la probabilidad.
- Anomalías en regiones cerebrales como ganglios basales, lóbulos frontales y circuitos de neurotransmisores (dopamina, serotonina, norepinefrina) están implicadas.
Factores ambientales
- Estrés materno durante el embarazo (abuso de drogas, hipertensión, diabetes gestacional), complicaciones perinatales, bajo peso al nacer o fumar en gestación pueden contribuir.
- Eventos estresantes, infecciones (como faringitis por estreptococo beta-hemolítico) o procesos autoinmunes que dañan el cerebro representan un 33% de casos en niños.
Otras posibilidades
- Cambios hormonales, defensas bajas o consumo de estimulantes actúan como desencadenantes en personas genéticamente vulnerables.
- Aunque el 50% remite en la adultez, la interacción genética-ambiente explica su variabilidad.
Tratamientos y su efectividad
El síndrome de Tourette se trata principalmente con medicamentos y terapias conductuales para controlar los tics, aunque no existe cura definitiva.
Medicamentos principales. Los fármacos que bloquean la dopamina, como haloperidol, risperidona o pimozida, ayudan a reducir tics severos, con efectividad en 60-80% de los casos, pero pueden causar efectos secundarios como aumento de peso o movimientos involuntarios. Inhibidores adrenérgicos como clonidina y guanfacina son útiles para tics leves a moderados y síntomas conductuales, beneficiando a cerca del 50% de los niños tratados. Antidepresivos (ej. fluoxetina) y anticonvulsivos (ej. topiramato) abordan comorbilidades como ansiedad, TOC o TDAH.
Terapias conductuales. La Intervención Global de Comportamiento para Tics (CBIT) y el entrenamiento de reversión de hábitos reducen la gravedad e impacto de los tics en mayor medida que otros enfoques no farmacológicos. La psicoterapia ayuda con problemas asociados como depresión o impulsividad.
Otras opciones. Inyecciones de bótox alivian tics simples localizados, mientras que no todos los pacientes necesitan fármacos, priorizándose enfoques personalizados según la intensidad.
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