OVNIS, enemigos invisibles y el declive estadounidense
EE.UU. parece sumergirse una vez más en una política del espectáculo donde amenazas visibles e invisibles compiten por capturar la atención pública
Imagen publicada por el gobierno de EE.UU. Es una representación gráfica del FBI sobre descripciones de testigos. Crédito: Gobierno de EE.UU. | Cortesía
En momentos de incertidumbre política, económica y geopolítica, las grandes potencias suelen recurrir a narrativas capaces de reorganizar el miedo social y ofrecer explicaciones sencillas frente a problemas complejos. En Estados Unidos, ese fenómeno parece haberse intensificado. A pocos días de la publicación de nuevos archivos del Pentágono sobre fenómenos aéreos no identificados —los antiguos OVNIS—, el país parece sumergirse una vez más en una política del espectáculo donde amenazas visibles e invisibles compiten por capturar la atención pública. El problema es que, detrás de esta teatralización permanente, emerge una pregunta más profunda: ¿estamos presenciando los síntomas inequívocos de una potencia en declive?

La percepción de desgaste estadounidense no surge únicamente de sus adversarios geopolíticos. También se alimenta desde dentro. Para un sector importante de la población, las promesas de restauración nacional asociadas al proyecto de Donald Trump no parecen haberse materializado plenamente. La política exterior continúa marcada por tensiones crecientes, la situación económica sigue afectando el bolsillo de millones de familias y la inflación —aunque más controlada que en años anteriores— permanece como una preocupación persistente. A ello se suma una sensación de agotamiento institucional y polarización extrema que atraviesa prácticamente todos los temas de la vida pública estadounidense.
La política comercial impulsada desde Washington también ha reconfigurado alianzas históricas. Tensiones con antiguos socios, como Canadá y México, así como fricciones constantes con Europa, han coincidido con una creciente percepción internacional de que China proyecta una imagen de mayor estabilidad y previsibilidad estratégica. Más allá de simpatías o antipatías ideológicas, el efecto político resulta difícil de ignorar: mientras Washington parece transitar ciclos permanentes de confrontación, Beijing se presenta como un actor dispuesto a ocupar espacios económicos y diplomáticos vacantes.
Sin embargo, quizás el desafío más serio para Estados Unidos no se encuentra en el exterior sino dentro de sus propias fronteras. El país vive una polarización política sin precedentes recientes. Las disputas sobre migración, aranceles, guerras internacionales y operaciones migratorias internas —incluidas las redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE)— han profundizado divisiones profundas sobre el significado mismo de ciudadanía, seguridad y derechos civiles. En este contexto, las elecciones intermedias adquieren un peso determinante para el futuro del trumpismo y del Partido Republicano.
Es precisamente en momentos de vulnerabilidad política cuando las amenazas externas suelen adquirir una función central. A lo largo de la historia, los imperios en tensión han recurrido a enemigos reales, exagerados o simbólicos para cohesionar apoyos internos. Hoy, el llamado “Hemisferio Occidental” parece ocupar nuevamente un lugar estratégico en la narrativa política estadounidense. Venezuela, Cuba, la migración regional, los grupos criminales transnacionales y, cada vez más, México, reaparecen como escenarios de disputa política y securitización.
México ocupa un lugar particularmente delicado dentro de esta ecuación. Socio comercial indispensable, vecino geográfico y eje central del debate migratorio, el país se ha convertido también en un actor recurrente dentro de narrativas de amenaza construidas desde algunos sectores políticos en Washington. En meses recientes, acusaciones sobre supuestos vínculos entre actores políticos mexicanos y redes criminales, especulaciones sobre mayor presencia de agencias de inteligencia estadounidenses en territorio mexicano y discursos que presentan a México simultáneamente como aliado indispensable y amenaza a la seguridad nacional reflejan esta contradicción.
Más recientemente, sectores del movimiento MAGA han impulsado una narrativa particularmente llamativa: la idea de que la red consular mexicana podría estar intentando influir políticamente en las elecciones estadounidenses. Señalamientos de este tipo, acompañados por llamados a revisar operaciones diplomáticas mexicanas en Estados Unidos, evocan una lógica cada vez más común en la política contemporánea: cuando la crisis interna se profundiza, la tentación de buscar enemigos externos se intensifica.
No deja de ser paradójico que, en una era dominada por desinformación, sospechas de conspiración y ansiedad colectiva, el debate público estadounidense oscile entre amenazas extraterrestres, enemigos invisibles y fantasmas geopolíticos. El problema no es discutir fenómenos desconocidos ni evaluar riesgos reales a la seguridad nacional. Toda gran potencia lo hace. El problema emerge cuando la espectacularización de la amenaza sustituye la discusión seria sobre desigualdad, polarización, deterioro institucional o pérdida de legitimidad política.
Las grandes potencias rara vez reconocen su desgaste mientras este ocurre. El declive, cuando existe, no suele manifestarse de forma abrupta, sino gradualmente: en la pérdida de capacidad para construir consensos, en la creciente dependencia de narrativas de amenaza para cohesionar políticamente a sociedades fragmentadas y en la dificultad para distinguir entre demostraciones simbólicas de poder y capacidad real de influencia. La historia muestra que, en momentos de incertidumbre, los Estados suelen recurrir a enemigos externos —reales, magnificados o imaginados— para reafirmar legitimidad interna.
Quizás la pregunta ya no sea si Estados Unidos puede “volver a ser grande”, sino si una democracia profundamente polarizada puede todavía sostener un debate público basado en hechos verificables, o si la espectacularización permanente de las amenazas terminará por convertir el |miedo en instrumento político y la verdad en una víctima más de la polarización.
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