Un circo, la política en México

En lugar de presentar ideas a discutir en el futuro y permitirnos conocer la esencia de sus valores y compromiso con México, los aspirantes han puesto en escena un espectáculo francamente burdo y sin sustancia

Partidos políticos opositores a AMLO registran alianza ante el INE y seleccionan a 13 aspirantes por la presidencia de México

El PRI, PAN y PRD son parte del Frente Amplio por México. Crédito: Agencia Reforma

El espectáculo de la política mexicana hoy en día parece colocar a muchos en papeles de bufones, acróbatas o hasta payasos. Todos los aspirantes a candidatos de sus partidos o coaliciones a la presidencia de la República Mexicana—o mejor dicho, a supuestamente coordinar las labores de proyectos transexenales o frentes amplios opositores—en los últimos días han dado mucho de qué hablar y no necesariamente por motivos buenos o apelando a motivaciones constructivas para el país.

Desde el arranque del proceso para elegir al Coordinador o Coordinadora Nacional de los Comités de Defensa de la Cuarta Transformación, hemos sido testigos de un espectáculo político bastante pobre e insustancial. Esta sensación francamente bochornosa se magnifica si analizamos también el proceso alterno del llamado “Frente Amplio por México”—que representa al bloque opositor al ‘proyecto de nación’ del actual presidente de México—y nos enfocamos en todos los aspirantes, tanto los que se registran para participar en la contienda o los que viajan por el país en busca de simpatías para ganar una encuesta.

Dado que no hablamos de tiempos de campaña electoral formal, es entendible que las apariciones en público y con los medios de comunicación de los aspirantes carezcan de mensaje y contenido fundamental. No obstante lo anterior, llama mucho la atención el despliegue de frivolidad y la falta de seriedad de estos hombres y mujeres que parecen hacer burla de sí mismos con representaciones y apariciones más bien desafortunadas y, en diversas ocasiones, caricaturescas. Destaca y sorprende también la audacia de algunos personajes que decidieron subirse a la contienda y que, en lugar de invitarnos a tomarlos en serio, nos provocan risa o quizás hasta coraje o irritación por su pretensión grotesca o por el recuerdo del pésimo desempeño en su carrera política.

Sin mencionarlos por nombre—pues no es aquí mi intención contribuir a la división o polarización que podría alimentar peleas callejeras o más representaciones del tipo “lucha libre”—es preciso hacer notar el desencanto que ha provocado entre nuestra sociedad este ejercicio “democrático”. En lugar de presentar ideas a discutir en el futuro y permitirnos conocer la esencia de sus valores y compromiso con México, los aspirantes han puesto en escena un espectáculo francamente burdo y sin sustancia. Dicha representación ha dado pie a toda una serie de descalificaciones e injurias que enrarecen el ambiente político y desvían el debate de los grandes temas nacionales hacia lo irrelevante.

En los últimos días hemos escuchado de todo—desde alegatos de corruptelas mayores, expresiones humillantes y acusaciones difamatorias, hasta rumores de adulterio. En general, los elementos que han caracterizan a este ejercicio democrático para elegir coordinadores de dos proyectos de país aparentemente opuestos han resultado ser más bien funestos. En lo personal, y bajo distintas reglas del juego, hubiera esperado un debate civilizado y mecanismos que nos permitieran conocer a los mexicanos lo que personalmente podrían ofrecer los aspirantes.

Esto parece haberse vuelto una kermés, a la que asistieron los personajes más grotescos, y diseñada para distraer la atención de los problemas que realmente preocupan a los habitantes de nuestra nación. Es absolutamente incomprensible la entrada a la contienda de algunos aspirantes francamente bufos (incluyendo a los que tienen cuentas pendientes con la justicia) y, lo que es peor, el gasto enorme en publicidad—en casos concretos con recursos públicos o fuentes de origen escabroso. Es también sorprendente la entrada a la contienda de personajes que no tienen proyecto de país y que carecen de la mínima posibilidad o capacidad para dirigir el futuro de México. Lo más trágico es que las cúpulas de los partidos políticos lo saben y apoyan la realización de un espectáculo más bien ridículo y carente de contenido.

A pesar de los cánticos de victoria anticipados por parte del oficialismo, México enfrenta problemas gravísimos. No obstante lo anterior, es un hecho que nuestro país no se encuentra al borde del abismo como asegura la oposición. Es preciso reconocer avances—esperemos no sólo de coyuntura—en algunas áreas clave. México es una economía importantísima a nivel mundial y estratégica por sus recursos, su población y su localización geográfica. No obstante, vivimos tiempos muy complejos.

Recordemos que Estados Unidos también celebrará una elección presidencial en 2024 y enfrenta actualmente retos importantes en su carrera descendente en términos de influencia a nivel global en un mundo multipolar. En este contexto, se maneja con fuerza creciente la idea de una incursión militar estadounidense en territorio mexicano con el pretexto de la llamada crisis del fentanilo. Eso no es nimio. Tampoco es nimio el tema de la inseguridad y la reconfiguración de la delincuencia organizada y el paramilitarismo criminal en México que parece no contenerse efectivamente ni con la creación de la Guardia Nacional. Todo ello se da en un esquema de expansión inusitada del rol de las fuerzas armadas en la vida del país, con todo lo que eso conlleva en términos de control social y descomposición del tejido institucional.

Y aunada a la militarización o la incursión de las fuerzas armadas en áreas no convencionales (y no sólo de forma temporal), se añaden propuestas peligrosísimas que nos recuerdan al régimen chino y al panóptico de Bentham, como las del diputado Miguel Torruco Garza—amigo de Sylvester Stallone, quien se le une en su apoyo a Claudia Sheinbaum. En lo que se refiere al desarrollo de la economía mexicana y la reducción de la pobreza y la desigualdad, los resultados no son contundentes. En realidad, los programas clientelares y las potenciales rentas universales no resolverán los problemas de raíz de la economía mexicana, ni asegurarán un mundo de igualdad ni de bienestar. Además, seguimos enfrentando gravísimos problemas educativos, de capacidades en el sector salud y en muchísimas otras áreas de la vida nacional. Sobre el Tren Maya, los megaproyectos y el reordenamiento territorial para contener la migración y en beneficio del gran capital transnacional, tampoco hay demasiado qué celebrar.

Al difícil panorama económico y sociopolítico en México se le unen los grandes conflictos del nuevo orden global en el marco de conflicto bélico y la reintegración de las cadenas de suministro en un mundo multipolar. Son demasiados los problemas que tenemos hoy por hoy como nación (y en el mundo en general) para gastar nuestro tiempo y desviar nuestra atención hacia rumores de lavadero sobre adulterio, supuestos regalos de animales de zoológico (como jirafas), alegatos de usurpación de identidad indígena o autoadscripción de identidades que no contribuyen a la solución de los grandes problemas nacionales y mundiales.

Analizando este contexto, algunos podrían incluso pensar en el diseño de operaciones psicológicas electoreras diseñadas para beneficiar a las élites aquí y más allá de nuestras fronteras. Pero independientemente de cómo se hace para que un candidato mediocre, pelangoche o pendenciero se convierta (en la mente de muchos) en una posibilidad de salvación para México o en el fetiche de un grupo que anhela un cambio de rumbo, vale la pena reflexionar sobre el contenido profundo de lo que nos presenta la mercadotecnia política que fluye por los medios y por las redes sociales.

En el circo de la política mexicana hoy en día parecen convergir todos y cada uno de los aspirantes a dirigir nuestra nación o coordinar más bien un ‘proyecto de nación’. Por el desempeño de los candidatos en general, me atrevo a pensar que ninguno parece estar a la altura de la encomienda. En este espectáculo electorero que nos acaban de dar y en el que nos colocaron las élites políticas de México, no me ha sido posible conocer realmente a ninguno de los aspirantes—sólo a las agendas divisivas de sus titiriteros. Espero que las campañas electorales que vienen, sean diferentes. De nosotros depende exigir contenido y debates de altura, ignorar los chismes y las insidias, y hacer las preguntas pertinentes en un mundo cada vez más complejo. Nuestra libertad, nuestros recursos naturales y el futuro de nuestra nación están en juego.

(*) Guadalupe Correa-Cabrera es Profesora-investigadora de Política y Gobierno, especialista en temas de seguridad, estudios fronterizos y relaciones México-Estados Unidos. Autora de Los Zetas Inc

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