El grave problema de pobreza que azota en el Estado de México

Los datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) detallan que en este estado, 8.2 millones de personas viven en esta condición
El grave problema de pobreza que azota en el Estado de México
Dos adultos y ocho menores habitan un sólo cuarto construido con láminas de cartón y pedazos de madera.
Foto: YouTube

En la casa de Rosa María Cerón domina la penumbra, aunque afuera alcance a brillar entre las nubes el Sol de las dos de la tarde. El único espacio que hay para una ventana en el cuarto que compone la vivienda no tiene marco ni cristales, y un tapete y un hule negro que lo cubren impiden el paso de la luz casi por completo. En la mesa, un kilo de lentejas, otro de arroz y una lata de sardinas son todo el alimento que hay para ella, de 58 años; su hijo, de 26 años, viudo y padre, sus dos nietos de 10 y nueve años, y su marido, de 60.

Él no tiene trabajo fijo, pero eventualmente se emplea en Texcoco, moliendo el pan duro que se recolecta para alimentar al ganado. Su hijo aporta 200 pesos a la semana de su trabajo como obrero de la construcción, por lo que, cuando ambos tienen ingresos, juntan unos 400 que deben rendir para la comida de al menos cuatro personas durante siete días, o unos 14.2 pesos diarios para cada uno. Ella compra con eso frijol, arroz, tortillas, aceite. La enfermedad que padece –venas varicosas en diferentes partes– le obligaría a consumir los alimentos más saludables y frescos, como sopa de verduras y manzanas, de acuerdo con lo que le informaron en el Seguro Popular la última vez que la internaron por una parálisis en el estómago. Pero ni para eso y menos para la compra de material de ligaduras necesario para su tratamiento ha tenido recursos.

“A mí me gusta trabajar; trabajaba en casas, pero desde que me enfermé, ya no pude”, dice Cerón.

Varios días al mes los pasan, como el pasado miércoles 8 de marzo, con apenas lo justo para la sobrevivencia. Otros dos a la semana dependen de lo puedan darles sus familiares. Cerón no recuerda cuándo fue la última vez que hubo frutas y verduras suficientes para todos y sus dos nietos tal vez nunca, dice, han comido huevos ni carne roja ni tomado leche fresca.

Los cinco llegaron hace dos años a vivir al asentamiento irregular conocido como Colonia Anáhuatl, ubicado en una orilla de San Miguel Coatlinchán, una población de origen prehispánico ubicada al sur del municipio de Texcoco, en el Estado de México. Otras tres decenas de casas igualmente precarias componen los alrededores de la escuela primaria Quetzalcóatl, autogestionada por el magisterio disidente en 2012 para responder a las necesidades de esa periferia construida sobre lo que antes eran campos de cultivo.

“Es uno de los pueblos originarios, pero en los últimos años ha crecido mucho y ahora hay asentamientos pegados, y es donde se concentra la pobreza”, dice el profesor César Hernández Neri, parte de la disidencia que fundó la escuela y ahora agrupada en el Magisterio Mexiquense contra la Reforma Educativa.

“Ha crecido exponencialmente la población, pero las zonas industriales han crecido poco, y la gente no sale de la pobreza”, agrega.

Una de las principales carencias en ese tipo de lugares es la vivienda, explica Hernández, que identifica a la comunidad, fundada como asentamiento chichimeca antes del siglo XIV, como una de las más marginadas del oriente del Estado de México, caracterizado por su expansión urbana sobre tierras que antes albergaban actividades rurales.

La mayoría de las casas en la colonia Anáhualt son cuartos multiusos construidos parcial o completamente con materiales vulnerables o de desecho. En la casa de Cerón, el piso y las paredes son de concreto pero el techo es de lámina de cartón y, por sus agujeros, la familia esperaba ya las primeras lluvias del año. El resto del mobiliario lo componen una estufa, tres camas, tres sillas viejas, un altar y un ropero. Como en los demás hogares, no hay agua ni drenaje y la luz está tomada ilegalmente.

“Han venido personas que nos dicen que nos van a ayudar, pero nadie nos ayuda”, dice María García, de 22 años y nuera de Cerón, que vive en un cuarto construido frente al de su suegra. “Y aquí nos rascamos con nuestras uñas y, si no, a buscarle, porque vamos al día”, agrega.

Ningún integrante de la familia se ha comprado algo nuevo e incluso, el último par de zapatos usados que María García recuerda haber adquirido es de hace años. La mayor parte de la ropa y del calzado que usan, tanto ellas como los niños, son de segunda mano, la mayor parte donada por otros familiares que viven en condiciones menos precarias.

Rosa María Cerón fue la única de sus 13 hermanos que no fue a la escuela, por lo que lo único que sabe leer y escribir es su primer nombre. La enfermedad en las venas es, sin embargo, lo que considera su principal problema. “Antes juntaba 200 pesos semanales, y ya iba y traía comida, pero desde que he estado enferma, es mi desesperación”, dice.

“Quisiera darle de comer a mis hijos, lo que pueda porque hay ratos que estoy muy mal, que me falta el aire, o de los mismos pensamientos que luego tengo, quisiera salir, agarrar camino, quisiera tener un trabajo, porque no aguanto que me estén dando o no tener mis cosas; tener para poderme operar”, indica.

A unos 20 metros, sobre la misma y terrosa calle Tonatiuh, vive el matrimonio de Isela C., de 33 años, y Jorge M., de 40, padres de seis niños menores de 12 años. Los ocho ocupan un solo cuarto construido con láminas de cartón y pedazos de madera al que llegaron “sin nada” a mediados de 2016, después de haber sido despojados, narraron, de una parte de una vivienda familiar que ocupaban en el municipio de Chimalhuacán. Por días, durmieron solo sobre cobijas en el suelo. Con el tiempo, con ayuda de los vecinos, juntaron tres camas y pegaron dos de ellas para que puedan ocuparlas cinco de los seis niños. El mayor de ellos tiene 12 y los que siguen tienen 11, nueve, cuatro, dos y uno. Solo el primero sabe leer, pero ni él ni su hermano de nueve acuden a la escuela por falta de documentos sobre sus respectivos nacimientos.

“No tengo para pagar nada, ni la inscripción”, dice la madre de familia, con estudios solo de primaria.

Su esposo perdió el empleo como obrero de la construcción la semana pasada, y si bien ganaba mil 400, destinaba la mayor parte, dice, a pagar una deuda, por lo que por meses vivieron con 400 pesos semanales para el alimento de los ocho más el gasto en pañales de los dos bebés que aún los requieren.

Cuando hay para comer, cocinan sobre una fogata improvisada en el exterior de la vivienda con material de desecho. El día de la entrevista, sobre la mesa había solo restos de un caldo en un plato y tortillas duras. “Yo ahorita me fui a un comedor comunitario”, dijo Isela ese día, cuando agregó no saber qué comerían el siguiente.

Las carencias se repiten en las decenas de familias que habitan el asentamiento, explica Delfina Rodríguez, maestra de la primaria Quetzalcóatl. “A veces vemos que son niños que viven con sus abuelos, que hay gente que no tiene para mandar a los niños desayunados”, agrega.

“Los niños llegan sin desayunar, por eso la mayoría no tiene condiciones para aprender; se distraen”, coincide Marilú Ibarra, también maestra.

Y también la aparición de asentamientos se repite en el resto de los poblados, dice Hernández, como Huexotla o Coatlalpan, al pie de la Sierra, o en municipios como Ixtapaluca, donde cada vez invaden más los cerros.

“Hay en todas las zonas”, dice el también economista. “Hay unas más consolidadas que otras, pero porque tienen más años, como en Chimalhuacán, Ixtapaluca, La Paz”, agrega Hernández, que insiste en que el crecimiento poblacional no ha sido acompañado con la generación de riqueza, por lo que el resultado, dice, ha sido más pobreza.

CADA VEZ MÁS POBRES

Los datos estadísticos le dan la razón. De acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), en el Estado de México, más de un millón y medio de personas se sumaron a la condición de pobreza entre 2010 y 2014, por lo que el último conteo oficial arrojó 8.2 millones de personas viviendo en esa situación.

En ese periodo, en el que el Estado estuvo gobernado tanto por el hoy Presidente, Enrique Peña Nieto, como por su sucesor, Eruviel Ávila Villegas, el porcentaje de población en situación de pobreza aumentó 42.9 por ciento a 49.6 por ciento; es decir, a una de cada dos personas que habitan la entidad.

La misma fuente agrega que otro 23.7 por ciento de la población es vulnerable por algún tipo de carencia social, por lo que sólo un 17.4 por ciento de la población, o menos de dos de cada 10 personas, no son pobres ni vulnerables.

“Lo preocupante es cómo pocas cosas cambian, porque muestran una fotografía que a todas luces es de resultados mediocres: no hay nada terrible, porque hay estados más pobres, como Chiapas, pero tampoco hay algo para echar campanas al vuelo”, dice Valeria Moy, directora general de la organización “México ¿Cómo Vamos?”.

“Por ejemplo, el crecimiento económico, en el sexenio que correspondió a 2005-2011 (del hoy Presidente, Enrique Peña Nieto) en promedio fue de 3 por ciento anual y, luego, en esta administración, este dato es de 2.3 por ciento en promedio; es decir, es menor: a la administración actual le ha ido peor en términos de crecimiento”, agrega.

Para la investigadora, una de los aspectos más graves del diagnóstico es que la pobreza de la mayor parte de la población no corresponde con el segundo lugar que ocupa el Estado de México en la creación de riqueza de México, con un nueve por ciento de contribución al Producto Interno Bruto (PIB).

“El Estado de México es fundamental para que crezca al país; produce el nueve por ciento de la producción nacional, y esto da una idea del peso que tiene. Pero su productividad, que nosotros medimos por hora trabajada, es de 84 pesos, y en 2005 era 79”, plantea Moy.

“Es decir, once años después la productividad ha cambiado muy poco, entonces no podemos esperar mayores crecimientos si la productividad tampoco crece”, agrega.

En la colonia Anáhuatl, esta falta de crecimiento económico se vive como años o décadas de no tener, ni aún en el ocaso de la vida, para ocupar algo mejor que una casa construida con láminas de cartón. A la madre de Rosa María Cerón, de 78 años y quien al final de las entrevistas se acerca a la casa de su hija, le causa llanto la sola pregunta de si también es vecina. “Me prestó mi hija un cacho; ahí tengo un cuarto de pura lámina… mientras vivo”, dice secándose las lágrimas.

“Ella quisiera tener algo para ella, porque dice que no quisiera vivir ahí”, explica su hija.