Los otros pueblos huachicoleros más allá de Hidalgo

La tragedia de Hidalgo y la estrategia del gobierno han hecho titulares, pero el robo de combustible es ya una forma de vida en varias zonas
Los otros pueblos huachicoleros más allá de Hidalgo
Los "huachicoleros" son las personas que se dedican al robo y comercio de combustibles, principalmente gasolina.
Foto: Getty Images

MEXICO – Desde años atrás, antes de que la rapiña del robo de combustible escalara hasta la tragedia con 89 pobladores muertos por la explosión de un ducto en Tlahuelilpan, Hidalgo, las autoridades de diversos estados del país hicieron pública la información de que una compleja base social conformada por miles de pobladores apoyaba totalmente el robo de combustible.

Mujeres, hombres y hasta niños que hicieron del “huachicoleo” –como se le conoce a la ordeña de gasolina de los ductos—un modo de vida: mutaron desde de los cultivos agrícolas, la ganadería, y los pequeños negocios para hacerse de dinero ilícito.

En 2013, en la frontera entre Colima y Michoacán, este diario documentó el modus operandi de una familia en el municipio de Coahuayana dedicada a la venta clandestina. Dos adolescentes repartieron tarjetas entre los taxistas de la zona. “Oferta de gasolina”, se leía. La voz corrió entre la población y pronto la clientela llegó por sí misma a una casa de tejas y adobe con un piso de tierra, donde un niño de unos cinco años gritaba a su mamá: “¡quieren!”.

Hogares, negocios, fincas, establos, galeras agrícolas, centrales de abasto, locales comerciales y ambulantaes… han servido, desde hace al menos una década, según cifras oficiales, como bodegas para el combustible robado. Llega ahí en pipas, camiones, camionetas de redilas que antes transportaban forraje, frutas, legumbres y de un día para otro comenzaron a promover productos de ordeña de otro tipo.

Lo hicieron de boca en boca y diversas estrategias de mercadotecnia. Una investigación del Periódico Central de Puebla (estado que junto con Jalisco, Hidalgo, Querétaro, Michoacán y el Estado de México tiene el mayor número de tomas clandestinas), reveló que muchos jóvenes se ocupaban de la publicidad en redes sociales de manera abierta, como si ofertaran venta de zapatos u otra actividad legal.

Rodrigo Elizarrás, consultor y analista político, observa que aprendieron el oficio empujados por la

delincuencia organizada. “Así puso a sus servicios también una red amplia de halcones a los delincuentes, y ha generado que cuando el Ejército u otras autoridades entran a las zonas duras del huachicoleo difícilmente detectan actividades ilegales, ya que son advertidos desde su entrada a la región”.

En los últimos días, con la estrategia del  nuevo gobierno federal de usar a los soldados para vigilar los ductos (anteriormente la Policía Federal se centraban en las carreteras para detectar los traslados de la gasolina robada), al menos seis militares estuvieron a punto de ser linchados por pobladores enardecidos que vieron peligrar sus negocios en Elguera, Guanajuato, y Santa Ana Ahuehuepan, Hidalgo.

El presidente Andrés Manuel López Obrador deslindó la responsabilidad de la población con el argumento de que ésta “fue abandonados por completo” (por parte del gobierno) y por ello tomaron el camino de la ilegalidad. “Llegaron los traviesos y les dijeron: trae tu cubeta”, narró en una reciente conferencia de prensa.

Sociólogos como Juan Estrella, analista de la Universidad Autónoma de México, van más allá:  “Se han normalizado ciertas prácticas ilícitas y aunque desde la perspectiva jurídica hay un delito, en la construcción social se ve como alto regular porque eso ven en los medios de comunicación: que la clase política, en el empresariado y los delincuentes son, a veces, los mismos y así se ha perdico la ética en México: son las clases que se han recibido”.