Así funcionan las catapultas magnéticas de los portaviones que Trump quiere eliminar

El cambio ordenado por Trump enfrenta la experiencia del vapor con una innovación clave para operar cazas, drones y aviones pesados.

Las catapultas de los portaviones son una pieza vital que permite el despegue de aviones de combate en una pista reducida

Las catapultas de los portaviones son una pieza vital que permite el despegue de aviones de combate en una pista reducida Crédito: Shutterstock

Las catapultas de un portaviones no son un detalle técnico perdido bajo la cubierta. Son el mecanismo que convierte una pista de apenas unos cientos de metros en un aeropuerto capaz de enviar al aire cazas pesados, aviones de alerta temprana y drones. Por eso la decisión de Donald Trump de impulsar el regreso del vapor en futuros portaviones estadounidenses abre una discusión enorme sobre coste, fiabilidad, innovación y poder naval.

El impulso eléctrico que lanza aviones

En los portaviones clase Gerald R. Ford, la tecnología se llama EMALS, siglas en inglés de Electromagnetic Aircraft Launch System. En vez de usar vapor a presión para empujar el avión, emplea electricidad almacenada y convertida mediante sistemas de estado sólido. Esa energía alimenta un motor lineal instalado bajo la cubierta que tira del lanzador conectado al tren delantero del avión.

La imagen más fácil de entender es la de un tren magnético reducido a escala y llevado al extremo. El motor no necesita una enorme explosión de energía de una sola vez. EMALS libera potencia de forma controlada mientras el avión acelera hasta la velocidad necesaria para despegar. El resultado es un lanzamiento más progresivo y preciso, algo especialmente útil cuando se trabaja con aeronaves de pesos muy distintos.

Esa capacidad importa mucho. Un caza cargado de combustible y armas necesita un empujón formidable, mientras que un dron ligero podría sufrir daños si recibe la misma fuerza pensada para un F/A-18 Super Hornet. Según la propia aviación naval estadounidense, EMALS permite ajustar con mayor precisión la velocidad final, reduce el estrés sobre la estructura de los aviones y amplía el abanico de aeronaves que un portaviones puede lanzar, desde vehículos no tripulados ligeros hasta cazas pesados. 

El sistema de vapor, que durante décadas fue una pieza central de los portaviones clase Nimitz, funciona de otra manera. Usa vapor generado por los reactores nucleares del buque para mover pistones dentro de cilindros largos. Es una solución poderosa y conocida, aunque exige tuberías, válvulas, agua y mantenimiento constante en un entorno donde la corrosión salina no perdona.

La gran virtud de EMALS es que transforma el lanzamiento en una tarea mucho más programable. Los operadores pueden introducir parámetros según el tipo de aeronave, su peso, la velocidad del viento sobre cubierta y la misión prevista. Precisión no significa solamente un despegue más elegante. Puede traducirse en menos desgaste acumulado sobre fuselajes, trenes de aterrizaje y componentes internos que reciben una carga brutal en cada salida.

Por qué Trump impulsa el regreso del vapor

El 13 de agosto de 2026, Trump firmó un memorando de seguridad nacional que ordena al Pentágono presentar, en un plazo de 60 días, un plan para reemplazar EMALS y los ascensores avanzados de armas por catapultas de vapor y elevadores hidráulicos en la construcción del futuro USS Doris Miller, el CVN-81. Los tres primeros portaviones de la clase Ford conservarían sus sistemas electromagnéticos. 

La motivación de Trump no nace de la nada ni es reciente. Ya en 2017 expresó de forma muy clara su desconfianza hacia las catapultas “digitales”, cuestionó su complejidad y defendió el vapor por ser una tecnología que la Marina conoce de memoria. Su postura conecta con una preocupación bastante clásica en defensa. Un sistema menos sofisticado puede ser más fácil de reparar, entrenar y mantener cuando el buque está lejos de casa. 

Aquí está el punto incómodo para los defensores de EMALS. La tecnología no tuvo un estreno perfecto. Los informes de supervisión del programa Ford han señalado que la fiabilidad no mejoró de forma apreciable pese a las actualizaciones de hardware y software, mientras seguía existiendo dependencia de apoyo técnico externo. Para una plataforma que debe generar salidas aéreas de forma sostenida en una crisis, una avería no es un inconveniente menor. Puede afectar al ritmo de operaciones de toda el ala aérea. 

Trump también ha asociado su crítica a las catapultas con los elevadores de armas electromagnéticos. Desde su visión, recuperar vapor e hidráulica reduce la complejidad de diseño y devuelve al buque sistemas cuyos problemas son conocidos por generaciones de marineros e ingenieros. Fiabilidad es la palabra que resume esa lógica política y operativa.

Aun así, conviene ser exactos. El memorando pide un plan de sustitución con recursos, calendario y medidas necesarias. No equivale a que el cambio técnico esté ya terminado ni resuelve automáticamente el coste de rediseñar un barco que fue concebido alrededor de una arquitectura eléctrica avanzada. Medios especializados y funcionarios citados por la prensa han advertido que la vuelta atrás podría elevar los costes y complicar la construcción. 

Por qué EMALS sigue siendo la apuesta tecnológica

Muchos analistas y responsables navales consideran que EMALS sigue siendo la opción más avanzada porque responde a cómo cambiará la aviación embarcada durante las próximas décadas. El portaviones del futuro no solo lanzará cazas tripulados. También deberá operar drones de reabastecimiento, aeronaves de vigilancia y plataformas autónomas que probablemente tendrán pesos y perfiles de despegue muy diferentes.

El vapor puede lanzar aviones con enorme fuerza, pero no ofrece la misma granularidad para modular esa fuerza. EMALS, en cambio, puede aplicar la aceleración de manera más suave y calibrada. La Marina sostiene además que el sistema ocupa menos espacio, requiere menos personal y mantenimiento, puede ayudar a elevar el ritmo de lanzamientos y reduce costes durante la vida útil del buque. 

También hay una ventaja menos llamativa, aunque bastante importante para quienes viven y trabajan bajo cubierta. Al prescindir de parte de la infraestructura de vapor, el sistema reduce calor, ruido y complejidad mecánica en determinados espacios del barco. No es un elemento que aparezca en un tráiler de Hollywood, pero sí influye en la carga de trabajo diaria de la tripulación. Automatización puede ahorrar tiempo en diagnósticos y aislar fallos con más rapidez si el software y la cadena logística funcionan como deben.

La relevancia estratégica va más allá de decidir qué tecnología se ve más moderna. Estados Unidos basa una parte decisiva de su proyección militar en sus grupos de combate de portaviones. Cada catapulta determina cuántos aviones pueden despegar, qué aeronaves pueden integrarse en el ala aérea y cuánto desgaste absorbe la flota a lo largo de años de despliegues.

El regreso al vapor no borra el valor tecnológico de EMALS. Más bien expone una tensión permanente en la industria militar. La innovación promete rendimiento, flexibilidad y preparación para los drones. La madurez de una tecnología probada ofrece confianza cuando el margen de error es mínimo. En el caso del USS Doris Miller, esa tensión dejará de ser teórica y pasará a influir directamente en el diseño del próximo portaviones estadounidense.

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