Respirar, moverse, soltar: los ejercicios que ayudan a calmar la ansiedad

Especialistas coinciden en que técnicas simples, practicadas con regularidad, pueden convertirse en herramientas para manejar momentos de mayor tensión

Respirar, moverse, soltar: los ejercicios que ayudan a calmar la ansiedad

Ejercicio de relajación y estiramiento al aire libre. Crédito: DG FotoStock | Shutterstock

La ansiedad se ha convertido en una de las experiencias emocionales más comunes de la vida contemporánea. Entre la sobrecarga de información, las exigencias laborales y la incertidumbre cotidiana, cada vez más personas buscan formas concretas de bajar la intensidad de esa sensación de alerta constante.

La buena noticia, señalan psicólogos y terapeutas, es que no siempre se necesita una intervención compleja: existen ejercicios sencillos, respaldados por la práctica clínica, que pueden practicarse en cualquier lugar y en pocos minutos.

Respirar como punto de partida

Uno de los enfoques más recomendados es la respiración diafragmática, también conocida como respiración profunda o abdominal. Consiste en inhalar lentamente por la nariz, dejando que el abdomen se expanda, sostener el aire un par de segundos y exhalar de forma pausada por la boca.

Este simple gesto activa el sistema nervioso parasimpático, el encargado de “frenar” la respuesta de estrés del cuerpo, y suele generar una sensación de calma en cuestión de minutos.

Una variante muy utilizada en terapia es la técnica 4-7-8: inhalar contando hasta cuatro, retener el aire durante siete segundos y exhalar en ocho. Repetida varias veces, ayuda a interrumpir el ciclo de pensamientos acelerados que suele acompañar a los episodios de ansiedad.

Relajar el cuerpo para calmar la mente

La relajación muscular progresiva es otra herramienta frecuente. El ejercicio consiste en tensar y luego relajar distintos grupos musculares, comenzando por los pies y avanzando hacia arriba hasta llegar al rostro.

Al notar la diferencia entre la tensión y la distensión, el cuerpo aprende a reconocer —y liberar— la rigidez que muchas veces acumula sin que la persona sea consciente de ello.

Anclarse en el presente

Cuando la ansiedad se dispara, la mente suele proyectarse hacia el futuro o quedar atrapada en pensamientos repetitivos. Frente a esto, las técnicas de grounding o anclaje buscan devolver la atención al momento presente a través de los sentidos.

Una de las técnicas más conocidas es el método “5-4-3-2-1”: identificar cinco cosas que se pueden ver, cuatro que se pueden tocar, tres que se pueden oír, dos que se pueden oler y una que se puede saborear. Este recorrido sensorial ayuda a “aterrizar” la mente y reducir la sensación de descontrol.

El movimiento como aliado

La actividad física moderada —caminar, trotar, nadar o practicar yoga— también ocupa un lugar central entre las recomendaciones. El ejercicio libera endorfinas y reduce los niveles de cortisol, la hormona asociada al estrés. No es necesario un entrenamiento intenso: basta con veinte o treinta minutos de movimiento constante, varias veces por semana, para notar beneficios sostenidos en el estado de ánimo.

Dentro de esta categoría, el yoga y el taichí destacan por combinar movimiento, respiración y atención plena en una sola práctica, lo que los convierte en opciones especialmente recomendadas para quienes buscan un enfoque integral.

Escribir para ordenar

Muchos terapeutas también sugieren llevar un diario breve donde anotar los pensamientos que generan malestar.

Poner en palabras lo que preocupa ayuda a organizar ideas difusas y, con frecuencia, permite identificar patrones o desencadenantes que antes pasaban inadvertidos.

Una práctica, no una solución

Los especialistas insisten en un punto: estos ejercicios funcionan mejor cuando se practican de manera regular, no solo en los momentos de crisis. Como cualquier habilidad, la calma se entrena. Y aunque estas técnicas pueden aliviar los síntomas del día a día, no sustituyen la atención profesional cuando la ansiedad se vuelve persistente o interfiere de forma significativa con la vida cotidiana. En esos casos, la recomendación es siempre la misma: consultar con un profesional de la salud mental.

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