Dreamers que podrían perder sus papeles enfrentan con todo al coronavirus en Estados Unidos

Descubre la historia de José Lara y Brenda Arredondo

José Lara, en la primera línea de trabajo en tiempos de Covid-19.
José Lara, en la primera línea de trabajo en tiempos de Covid-19.
Foto: José Lara / Cortesía

MEXICO – Cuando José Lara cursaba el cuarto año de primaria decidió que quería ser cirujano. El profesor preguntó quién quería meterle el cuchillo a un tiburón como parte de un proceso de disecación en las lecciones especiales de ciencias a las que fue invitado como alumno destacado en una escuela pública de Atlanta, a donde lo llevaron sus padres cuando tenía tres años.

—Por supuesto que yo fui el primero en levantar la mano — precisa.

Catorce años después, aunque con la vida más complicada sigue en pie con la misma ilusión, a pesar de los obstáculos que ha tenido que pasar, de las vueltas que ha tenido que dar para encaminarse a la escuela de medicina y de estar ahora en la primerísima línea del sistema de salud estadounidense como asistente médico de un cirujano en tiempos del coronavirus con una preocupación siempre presente,  molesta como una piedra en el zapato.

¿Le renovarán o no el permiso de trabajo de DACA que le permite moverse en el mundo de la salud?

La Corte Suprema estadounidense podría eliminar el programa este año tras una discusión que arrancó cuando Donald Trump canceló en enero de 2018 el programa que beneficia a aquellos jóvenes cuyos padres los llevaron en la infancia a Estados Unidos y, tras una batalla judicial, el caso escaló hasta el tribunal supremo que deberá decidir o no la continuidad del programa en estos meses.

 

De acuerdo con cálculos del National Immigration Law Center (NILC) actualmente se encuentran trabajando más de 27,000 beneficiarios de DACA en el  sector de la salud estadounidense, mismos que exponen sus vidas en medio de la pandemia de COVID 16 y cuya labor podría tomarse en cuenta como argumento para la persistencia del programa.

José Lara sabe que DACA es endeble, pero, ¿qué no ha sido así toda su vida de estudios a pesar de ser destacado?

Después de terminar high school tuvo que dejar de estudiar tres años porque no podía pagarse la universidad. En Georgia no se toma en cuenta a los “dreamers” para las becas y mientas a él cada pago mensual le costaría $6,000; a su hermano ciudadano, $1,200.

“Es increíble que esto pase a pesar de que yo he vivido en Atlanta por 20 años pagando impuestos”.

Sin tiempo que perder, se propuso trabajar para ahorrar. Fue mesero en restaurantes y traductor en un hospital para los pacientes que no hablaban inglés hasta que logró certificaciones para ser asistente de un cirujano en reconstrucción de huesos en el North Side Hospital, donde actualmente llegan los pacientes que tienen otros tipos de emergencia diferentes a COVID19.

José Lara con una de sus profesoras en Georgia Highlands University./José Lara

El es un cirujano técnico que asiste a uno que ya está graduado. Maneja los instrumentos, drena los líquidos para que no se desborden dentro del cuerpo y limpia con agua salina alrededor de los cortes que va haciendo el médico y en cuyo lugar quisiera estar él ahora mismo y en cambio lo prepara para la anestesia, arma el expediente, le pone suero y medicamentos.

En pocas palabras: está en contacto directo con enfermos que, en determinado momento también podrían tener el coronavirus sin saberlo dado las dos semanas de incubación y dado el alto número de contagios que actualmente hay en Estados Unidos.

“Estoy temeroso porque veo gente todos los días y cuán fácil se puede transmitir el virus de una persona a otra”, cuenta en entrevista telefónica con este diario. “Todos los pacientes que nosotros vemos son de urgencia que vienen de otras salas de emergencia donde fueron rechazados porque no tenían el coronavirus, pero que ahí estuvieron expuestos”.

A pesar de todo José Lara asume su profesión. En los próximos meses va a terminar un bachellor en química y biología mientras continúa asistiendo el quirófano con una mascarilla N95 en la boca y la paciencia necesaria para mantenerse ecuánime mientras DACA está en duda.

José Lara.

Si continúa, podría continuar en la carrera de cirujano, buscar un préstamo o la aceptación en la New York University donde no cobran a los estudiantes de medicina.

La carrera que este mexicano pretende lograr es larga. Necesita cinco años para graduarse de cirujano general y dos años más para la especialidad en ortopedia. Si quiere especializarse en la espina dorsal uno más y tres años si es en neurología.

José Lara dice que está listo y optimista de que DACA continuará para lograr su sueño de saltar a de aquella cirugía de tiburón y la asistencia en quirófano a ser él directamente quien vele las espaldas del ser humano.

Doble alerta

En tanto gimnasios, peluquerías y comercios abrieron poco a poco sus puertas en Georgia el pasado fin de semana y otros más, entre bares y restaurantes, se preparaban para hacerlo este lunes con la aprobación del gobernador Brian Kemp  a pesar de las advertencia de que “es muy pronto”, Brenda Arredondo, de 26 años, hizo algo más en Atlanta.

Recibió en el hospital tal a decenas de enfermos de COVID 19 para tomarles radiografías. Los vio desfilar con los pulmones contaminados atacados por el coronavirus: bloqueados por mocos que no pueden sacar tal y como se veía en las placas que tomó como radióloga en un centro médico que atiende la pandemia.

Foto: Cortesía José Lara.

Luego manipuló sus cuerpos, ayudó a intubarlos, a cambiarlos de posición para que los pulmones descansen y observó las batallas que cada uno de los pacientes daba con desesperación como lo han hecho todos y cada uno de los enfermos que ha atendido desde que llegaron los primeros casos.

“Lo peor es ver cómo se les escapa la vida”, detalla. “El temor te entra en pensar que podrías contagiarse y tomar su lugar con los ataques de tos, la falta de oxígeno, la impotencia de no poder hablar y tratar de respirar como si estuvieras debajo del agua sin estarlo”.

Brenda Arredondo, oriunda de Dolores Hidalgo, Guanajuato, piensa en todo esto mientras repasa su vida, de cuando sus padres la llevaron pequeña a Estados Unidos, de cuando volvía una y otra vez al hospital para tratar su anemia y cómo se enganchó así en el mundo de la salud pública estadounidense igual que otros compañeros de su trabajo que hoy luchan por la vida de otros y siempre con la preocupación de hacia dónde van cuando tambalea el programa DACA.

En ese estado se encuentran enfermeros, dentistas, farmacéuticos, asistentes médicos, asistentes, técnicos y otro personal, estudiantes de medicina y residentes quienes, como Brenda Arredondo, se juegan la vida por el contacto diario y directo con los enfermos COVID.

“Ya hubo casos de contagiados entre el personal de salud y tuvimos que hacer exámenes para ver si no estábamos contagiados, antes lo hacíamos cada semana, pero cuando empezaron a escacear los test se suspendieron a menos de que haya fiebre. Yo he salido negativo a todos”.

El National Immigration Law Center  informó recientemente que la Corte Suprema aceptó evaluar la aportación que hacen alrededor de 27,000 receptores de DACA como trabajadores de salud como un elemento a considerar en la preservación del programa que arrancó Barack Obama en 2012.

Para evitar cualquier desgracia entre su familia, Brenda Arredondo dejó de visitarlos por las medidas de distanciamiento social y porque la mamá padece diabetes y la hermana pequeña asma, pero en días pasados quiso pasar a verlas, aunque sea de lejos. La mamá abrió la ventana y a gritos platicaron un poco.

Para despedirse, la mamá le puso unos tacos en la puerta y la volvió a cerrar. Brenda Arredondo los tomó y se fue un poco triste porque sus padres le recuerdan a otras personas que se juegan la vida en el hospital y están en condiciones más vulnerables que quienes tienen DACA: los limpiadores sin papales.

Ellos están sanitizando en los hospitales COVID de Estados Unidos, desde los pisos, los baños, levantan basura, equipo y hasta las camas donde murieron quienes no pudieron con el coronavirus. “Hay que estar muy agradecidos con ellos”.

Con eses sentimiento de gratitud que se suma a su ética de haber apostado profesionalmente por dedicarse a la salud y no a la arquitectura como también lo quiso, Brenda Arredondo sigue para adelante. El miedo no la va a paralizar.