El ciclista migrante que pedaleó contra la depresión de México a Canadá

“Siempre hay alternativas contra la tentación del suicidio”, señala Jesús Paniagua, un hombre de 63 años que decidió salir de una crisis de depresión con puro pedaleo de bicicleta.

Promocional del Gran recorrido del norte
Promocional del Gran recorrido del norte
Foto: Jesús Paniagua / Cortesía

MEXICO.- Mientras pedaleaba su bicicleta desde la ciudad de Pachuca —en el centro de México—, hacia Canadá, Jesús Paniagua, pensó en los años de gloria y de  retos entre dos tierras. Porque de México emigró a los 13 años y tuvo la suerte de nacionalizarse pronto como ciudadano de Estados Unidos.

De eso han pasado varias décadas pero él sigue en una batalla diaria contra sí mismo y su entorno. La enfrenta con altivez y mucho deporte. Este hombre de 63 años decidió salir de una crisis de depresión con puro pedaleo de bicicleta.

“En momentos de grandes tristezas se sale o se hunde más”, cuenta en entrevista con este diario ya de vuelta a Chicago, su ciudad adoptiva, poco después de concluir un arriesgado reto ciclista. Recorrió más de 3,000 kilómetros. 

Primero voló a Hidalgo junto con su amigo Gonzalo Hernández, quien le empujó a llevar el reto. En Pachuca, se hizo una alharaca. De boca en boca se corrió el rumor de que dos “pochos” iniciaría un recorrido hasta Detroit, en la frontera de EE.UU. hacia Canadá y cruzarían el puente con el mensaje en tres países.

Los pachuquenses recurrieron al punto de partida de los ciclistas con toda la disposición de divertirse. Dijeron que los seguirían hasta donde el cuerpo aguante y pronto se armó un grupo de unas 50 personas y a la hora del banderazo de salida llegaron también camarógrafos y fotógrafos de radio, televisión, periódicos, youtuberos… 

Entonces Jesús Paniagua dijo que ese trayecto tenía un significado: “Siempre hay alternativas contra la tentación del suicidio”. 

Como veterano de guerra, el mexicoamericano sabe que muchos de sus “hermanos” (compañeros soldados) se han volado la testa y que las heridas y traumas externos no son fáciles de superar.

Argumentó que la pandemia está generando mucho aislamiento y soledad y que empujar a otros a actividades deportivas podría ser una red de protección en contra de las tristezas exacerbadas, malos caminos, adicciones…  

Él mismo había superado con la natación, el buceo y los trotes muchas adicciones. A la marihuana, por ejemplo. El alcohol le costó más pero lo logró y por eso le daba duro al pedal seguido por un séquito de entusiastas acompañantes, cuatro patrullas y dos ambulantes.

El gobierno del estado, temeroso de un acciedente y un escándalo, tomó la decisión de escoltarlo en aquellos días de junio pasado. 

El trayecto mexicano

Lo cierto es que era algo inédito que dos migrantes mexicanos hicieran una ruta entre dos países por una causa tan poco común. Lo más “normal” era que salieran marchando en pos de una reforma migratoria como lo ha hecho desde el año 2002 la carrera de la Antorcha Guadalupana.

La Asociación Tepeyac, fundada en la Gran Manzana en 1997 por los comités guadalupanos en Nueva York, organizó la primera Carrera de Antorcha Guadalupana desde la Basílica de Guadalupe, en la Ciudad de México, con destino final a la Catedral de San Patricio. 

Desde entonces cada año, se repite la ecuación en una carrera cíclica y una petición permanente por la regularización de millones de indocumentados. 

Camino a Querétaro, Jesús Paniagua vio pasar su vida frente a la carretera, los tiempos en que se daba “un toque” o se daba un pasón de cocaína y ¡para adelante en la bicicleta! 

En ese tiempo él era autodestructivo y a la vez trataba de dejar atrás los traumas de su paso por las fuerzas navales en Estados Unidos en Angola, en Filipinas, ¡en tantos lugares! Por eso se metió al activismo para ayudar a otros a legalizarse.

De esas experiencias charló con diferentes ciclistas que se les unían en el camino. Unos desistían y otros se sumaban en trayectos cortos.

Los migrantes acompañados por ciclistas locales a mitad del camino mexicano. Foto: Jesús Paniagua/Cortesía.

Para sorpresa de Jesús Paniagua y Gonzalo Hernández se quedaron sin la escolta del gobierno en cuanto cambiaron de estado y aunque los medios de comunicación siguieron hablando de ellos no hubo más vigilancia. Sin embargo, corrieron con suerte.

No se les atravesó ningún comando armado de esos que se toman eventualmente el control de los caminos. Tampoco hubo ladrones, asaltantes, extorsionadores, secuestradores o miembros del crimen organizado que quisiera reclutarlos ni mucho menos.

“Dios estuvo con nosotros”, dijo Paniagua.

En EE.UU

Su estatus de estadounidenses les dio el paso libre hacia Texas, donde los esperaban reporteros de radio y televisión hispana y otros ciclistas. Por esos dimes y diretes en redes sociales se sumó un grupo de ciclistas mexicanos radicados en Georgia  y Carolina del Norte.

Se enteraron del “Gran Desafío hacia el Norte” a través de la radio.

La organización se llama Ridemanía y cuenta con disciplina de entrenamiento de fines de semana y un tour anual pero estaban aburridos de sus mismas rutas. Animarse fue un desafío, según cuenta Juan Capula. 

“Teníamos que pedir permiso en los trabajos y a la vez cumplir con varias millas”.

Al final se sumaron al Desafío del Norte en Indiana. 

Eran seis, entre ellos, Leticia “La Chiquis” Pérez, de 31 años como única mujer. 

Dejó a su niño de cuatro años con el papá y se echó a pedalear con tantas ganas y velocidad que en una de esas no pudo frenar frente a otro ciclista que derrapó y se dañó el codo; Gonzalo Hernández, la rodilla. Aún así piensa repetir un reto similar.

Jesús Paniagua (segundo de derecha a izquierda) acompañado por el club ciclista Ridemanía. Foto: Jesús Paniagua/Cortesía.

Freddy Saldaña, otro ciclista de Ridemanía, dijo que lo más intersante de haberse sumado a esa causa fue que perdieron el miedo.

Después de cuatro días, la mayoría de estos migrantes decidieron regresar a casa y sólo siguieron Gonzalo, Jesús y Juan Capula hasta Detroit. “Yo quería demostrar a mis hijos que podía lograr lo que me había propuesto, pero también a quienes dicen que no tengo cuerpo de ciclista y me hacen bullying”.

Al llegar a la frontera de EEUU con Canadá vieron a lo lejos el puente fronterizo, el río y las banderas. Querían cruzar, pero la policía no se los permitía debido a la pandemia.

Jesús Paniagua miró hacia el agua. Había un letrero que prohibía la entrada con multas de 25,000 dólares. Aún así, él se zambulló. Una, dos, cuatro veces. Cuando salió se sintió aliviado de la tristeza. Al menos por el tiempo suficiente para organizar otra rodada. 

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