“Toda enfermedad comienza en el intestino”: una máxima pronunciada hace 2,400 años que hoy la confirma la ciencia

Hipócrates lanzó una frase que, sonaba más a intuición que a diagnóstico, es avalada por la genómica, la neurogastroenterología y la cardiología

“Toda enfermedad comienza en el intestino”: una máxima pronunciada hace 2,400 años que hoy la confirma la ciencia

Mujer que toca su vientre, constatando su estado digestivo. Crédito: New Africa | Shutterstock

Corría el siglo V antes de Cristo cuando Hipócrates de Cos, padre de la medicina occidental, observando a sus pacientes sin microscopios ni análisis de sangre, llegó a una conclusión que parecía más filosofía que ciencia: que el origen de buena parte de los males del cuerpo había que buscarlo en el vientre.

Durante más de dos milenios, la frase quedó como una curiosidad de manual, una anécdota con la que abrir charlas de divulgación. Pero en la última década, y de forma acelerada durante 2025, esa intuición ha dejado de ser una metáfora para convertirse en un campo de investigación con nombre propio: el eje microbiota-intestino-cuerpo.

El estómago suele ser el primer “reflejo” de enfermedad debido a su densa red nerviosa (llamada sistema nervioso entérico) y su conexión con el cerebro. Así, cuando el cuerpo se estresa o enferma, prioriza la supervivencia, alterando la digestión y provocando síntomas como náuseas o dolor, según explican los Trastornos de la Interacción Intestino-Cerebro de los Manuales MSD.

De la intuición al mecanismo molecular

El cambio de estatus de la frase hipocrática tiene una explicación concreta: ahora se conocen los mecanismos. No se trata solo de correlaciones estadísticas entre “mala digestión” y enfermedad, sino de rutas bioquímicas específicas que los científicos pueden rastrear, medir y, cada vez más, intervenir.

Un ejemplo reciente lo ilustra bien. Investigadores han identificado que ciertas bacterias intestinales producen una molécula llamada imidazol propionato, capaz de alterar la señalización de la insulina y amplificar procesos inflamatorios. Según un estudio publicado en Nature, este compuesto no solo contribuye al desarrollo de aterosclerosis —el endurecimiento de las arterias que precede a infartos y derrames—, sino que además funciona como un biomarcador temprano capaz de detectar riesgo cardiovascular antes de que aparezcan los indicadores clínicos habituales. En paralelo, otros equipos han descrito cómo los microbios intestinales regulan la producción de ácidos biliares, un mecanismo que ayuda a prevenir la acumulación de colesterol dañino y a mantener el equilibrio metabólico del organismo.

Es decir: lo que ocurre en unos pocos gramos de bacterias alojadas en el colon puede, literalmente, estar decidiendo el destino de las arterias del corazón.

El intestino que le habla al corazón

Si hay un terreno donde la vieja máxima hipocrática ha cobrado una relevancia casi literal, es el de la salud mental y neurológica. El llamado eje intestino-cerebro —una vía de comunicación bidireccional entre el sistema nervioso central y el conjunto de microorganismos que habitan el tubo digestivo— se ha convertido en una de las áreas más activas de la investigación biomédica actual.

Estudios recientes en modelos animales han mostrado que ciertas células inmunitarias del intestino, conocidas como células dendríticas, son capaces de migrar hasta el cerebro e influir en el comportamiento durante las primeras etapas de la vida, cuando se produce la colonización inicial por microbios. Otros trabajos han descrito cómo la microbiota participa en la regulación de los ritmos circadianos y de las hormonas del estrés, sugiriendo que un desequilibrio en esa comunidad microbiana podría aumentar la vulnerabilidad a trastornos relacionados con la ansiedad. Incluso hay evidencia de que ciertas combinaciones de fibras prebióticas mejoran el rendimiento cognitivo en personas mayores de 60 años, un hallazgo que abre la puerta a estrategias nutricionales dirigidas a preservar la salud cerebral durante el envejecimiento.

Esta bidireccionalidad —el intestino que informa al cerebro y el cerebro que a su vez modula la fisiología digestiva— ha llevado a algunos investigadores a describirla como un circuito de retroalimentación constante, donde una alteración en cualquiera de los dos extremos repercute en el otro.

Límites de la promesa

La ciencia del microbioma, sin embargo, avanza con matices que conviene no pasar por alto, y el propio campo se ha encargado de ponerlos sobre la mesa. Uno de los ensayos clínicos más rigurosos publicados el año pasado —doble ciego y controlado con placebo— mostró que el trasplante de microbiota fecal no logró inducir la remisión clínica en pacientes adultos con enfermedad de Crohn a las ocho semanas de tratamiento, un resultado que recuerda que trasladar bacterias de un intestino sano a uno enfermo no es, todavía, una solución mágica.

También ha surgido evidencia que invita a la cautela ante el entusiasmo popular por los test de microbioma vendidos directamente al consumidor: un consenso internacional reciente advirtió sobre sus limitaciones e insistió en la necesidad de que los profesionales sanitarios interpreten estos resultados con prudencia, evitando su uso indiscriminado. De forma similar, un ensayo controlado con pacientes de síndrome de intestino irritable encontró que las expectativas y creencias personales —no siempre el gluten o el trigo en sí— explican buena parte de los síntomas que muchas personas atribuyen a estos alimentos.

El mensaje de fondo es claro: el intestino importa, y mucho, pero el salto de “la microbiota está implicada” a “sabemos cómo curarlo modificando la microbiota” sigue siendo, en la mayoría de los casos, un terreno en construcción.

Comunidad microbiana con peso

Lo que sí parece asentado es la magnitud del fenómeno. El intestino humano alberga más de mil especies bacterianas distintas, que en conjunto suman billones de microorganismos con capacidad para producir moléculas señalizadoras, entrenar al sistema inmunitario y comunicarse con órganos distantes. Cuando ese ecosistema se desequilibra —un fenómeno que los científicos denominan disbiosis—, las consecuencias documentadas ya no se limitan al tubo digestivo: se han vinculado a enfermedades inflamatorias intestinales, trastornos metabólicos, afecciones del sistema nervioso e incluso enfermedades vasculares.

En Berlín, un equipo de investigadores básicos, clínicos y especialistas en computación trabaja actualmente en construir lo que llaman un “atlas espacial” del microbioma de la mucosa intestinal, con el objetivo de precisar en qué punto exacto del intestino se origina la inflamación y cómo esta repercute en la función de los vasos sanguíneos. El propósito final, explican, es abandonar la medicina de ensayo y error —”por qué un fármaco funciona en unos pacientes y en otros no”— para avanzar hacia tratamientos diseñados a partir de mediciones precisas de la microbiota de cada persona.

2,400 años después

Hipócrates no tenía secuenciadores genéticos ni sabía de bacterias; hablaba, probablemente, de humores, digestiones y purgas, en el lenguaje de una medicina que apenas empezaba a separarse de la superstición. Y sin embargo, el núcleo de su intuición —que el estado del intestino repercute en el resto del cuerpo de maneras que van mucho más allá de la simple digestión— resulta hoy notablemente compatible con lo que muestran la genómica, la inmunología y la neurociencia contemporáneas.

Puede que la frase, tal y como se la conoce popularmente, ni siquiera sea una cita textual del médico griego, algo que los propios historiadores de la medicina debaten. Pero como resumen de una hipótesis científica en construcción, pocas máximas antiguas han demostrado tener una vigencia tan sorprendente.

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