Cuando la biología y la cultura se confunden: más testosterona no equivale a más masculinidad
Estudios coinciden en algo: testosterona no fabrica masculinidad. La masculinidad, como concepto, se construye en otro terreno
Suplemento de testosterona en cápsulas. Crédito: 7th Sun | Shutterstock
En los últimos años, la testosterona se ha convertido en una especie de moneda simbólica. Suplementos, dietas “para elevarla naturalmente”, influencers que prometen “optimizar” los niveles hormonales y clínicas privadas que ofrecen terapia de reemplazo sin necesidad clínica clara: todo un mercado se ha construido alrededor de la idea de que a mayor testosterona, mayor virilidad.
Sin embargo, la evidencia científica y el consenso de especialistas en endocrinología, psicología y estudios de género coinciden en algo incómodo para ese relato: la testosterona no fabrica masculinidad. La masculinidad, como concepto, se construye en otro terreno.
El tema sale a relucir dada la nueva apuesta de la administración Trump, que busca elevar artificialmente los niveles de testosterona en la población.
Lo que la testosterona hace
Nadie discute que la testosterona cumple funciones biológicas relevantes. Interviene en el desarrollo de caracteres sexuales secundarios durante la pubertad, participa en la regulación de la masa muscular y ósea, influye en la libido y tiene efectos sobre el estado de ánimo y la energía. Los tratamientos de reemplazo hormonal son legítimos y necesarios en casos de hipogonadismo diagnosticado, es decir, cuando existe una deficiencia real y medible que afecta la salud de una persona.
El problema surge cuando se extrapola ese rol fisiológico a un terreno que no le corresponde: el de la identidad, el carácter o el valor social de un hombre. Diversos estudios han mostrado que, dentro de rangos normales, las variaciones de testosterona no predicen de forma consistente rasgos como la agresividad, el liderazgo o la determinación, contra lo que asume el sentido común popular. La relación entre hormonas y comportamiento es mucho más compleja, bidireccional y dependiente del contexto de lo que sugiere la narrativa simplificada que circula en redes sociales.

Masculinidad: una construcción, no una molécula
Los estudios de género llevan décadas señalando que “ser hombre” —en el sentido cultural, no biológico— no es un estado que dependa de un análisis de sangre. Es un conjunto de expectativas, roles y comportamientos que varían según la época, el país y el grupo social. Lo que se consideraba “masculino” en la Grecia clásica, en el Japón feudal o en la Europa victoriana difiere enormemente entre sí, y ninguna de esas variaciones se explica por diferencias hormonales entre poblaciones.
Reducir la masculinidad a una cifra en un examen médico no solo es científicamente impreciso: también resulta empobrecedor. Convierte una identidad compleja, atravesada por la crianza, la cultura, las relaciones y las decisiones personales, en un dato de laboratorio que se puede comprar en forma de gel, inyección o suplemento.
El costo de la confusión
Fusionar lo biológico con lo cultural tiene consecuencias concretas. Por un lado, alimenta un mercado de terapias hormonales sin supervisión médica adecuada, con riesgos reales para la salud cardiovascular y reproductiva de quienes las consumen persiguiendo una idea de virilidad que la hormona no puede entregar. Por otro, refuerza estereotipos que asocian la masculinidad con la dominancia, la agresividad o la supresión emocional, patrones que numerosos especialistas en salud mental vinculan con mayores tasas de aislamiento, dificultad para pedir ayuda y comportamientos de riesgo entre varones.
Especialistas en psicología han señalado que muchos hombres experimentan ansiedad ante la idea de no ser “suficientemente hombres”, una presión que rara vez tiene un origen hormonal y sí un origen cultural: mensajes recibidos desde la infancia sobre cómo se debe actuar, sentir o vincularse.
Conviene repensar la pregunta
Quizás la pregunta relevante no sea cómo elevar la testosterona, sino qué se entiende hoy por masculinidad y quién se beneficia de mantener esa confusión.
Separar la biología de la identidad no le resta importancia a la primera ni banaliza la segunda: simplemente devuelve cada cosa a su lugar.
La testosterona es una hormona. La masculinidad es una construcción social, cultural e individual que cada persona negocia a lo largo de su vida, con o sin ayuda de un análisis clínico.
También te puede interesar:
· Medicaid dejará de financiar cirugías de afirmación de género y tratamientos hormonales para menores transgénero
· Administración Trump fija nuevos criterios para la vacunación infantil: ¿qué cambios traen?
· ¿Cuántas horas debes dormir según la edad? Esto dicen los expertos