¿Qué tan beneficiosa es en realidad la risoterapia?
Se atribuye a la risa la liberación de endorfinas y hormonas que reducen el estrés, además de disminuir la presión arterial y mejorar la función inmunológica
Joven hispana sostiene a un cerebro trabajando en una clínica de psicología, sonriendo y riéndose en voz alta. Crédito: Krakenimages.com | Shutterstock
Entre las salas de espera oncológicas, los geriátricos y los programas de bienestar corporativo, la risoterapia se ha instalado como una intervención cada vez más común. Pero, ¿qué dice realmente la evidencia científica sobre sus efectos, más allá del sentido común de que “reír es sano”?
La risoterapia combina distintas técnicas —chistes, juegos, música, ejercicios de respiración, expresión corporal— con el objetivo de generar beneficios psicológicos, emocionales y sociales mediante la liberación de tensiones físicas y emocionales. No se trata solo de una sensación agradable: existe un cuerpo de investigación que intenta medir sus efectos con metodología clínica, recogen los Institutos Nacionales de Salud (NIH).
Una revisión de metaanálisis publicados entre 2019 y 2025 encontró resultados estadísticamente significativos en dos áreas concretas: el manejo de la ansiedad y el aumento de la satisfacción con la vida, lo que llevó a sus autores a considerar la risoterapia como una intervención complementaria con respaldo empírico sólido. En el ámbito oncológico, una revisión sistemática de 2024 reportó efectos positivos significativos sobre depresión, ansiedad, estrés, dolor y fatiga en pacientes con cáncer, lo que resulta relevante precisamente porque se trata de poblaciones con alta carga física y emocional.
En población pediátrica oncológica, un estudio con niños de Cali (Colombia) encontró que el 83% de los participantes presentaba un problema emocional derivado de la enfermedad, y observó cambios favorables en los puntajes de depresión tras las sesiones de risoterapia. Otra revisión sobre esta misma población documentó mejoras en la comunicación con el personal sanitario y un aumento de la adherencia al tratamiento tras intervenciones de este tipo.
A nivel fisiológico, se le atribuye a la risa la liberación de endorfinas y hormonas que reducen el estrés, además de disminuir la presión arterial y mejorar la función inmunológica, según especialistas citados por la Clínica Mayo. Un estudio de la Universidad de Jaén, publicado en el Journal of Happiness Studies, señala además que sus efectos no se limitan a aliviar el malestar, sino que mejoran activamente la percepción global de satisfacción con la vida.

La otra cara: cautela metodológica
Sin embargo, sería un error periodístico cerrar la nota ahí. La comunidad científica que evalúa terapias complementarias —la misma que ha analizado prácticas como la musicoterapia— insiste en distinguir entre “hay estudios que reportan beneficios” y “hay evidencia sólida y libre de sesgos”. En el caso de terapias afines, informes oficiales han señalado que muchas revisiones publicadas carecen de elementos metodológicos esenciales y presentan un elevado riesgo de sesgo, lo cual limita la confianza en sus conclusiones.
Guías académicas para detectar terapias que exageran su eficacia describen señales de alerta que conviene tener presentes al leer estudios sobre risoterapia: afirmar que una intervención sirve para todo tipo de personas y problemas, apoyarse en evidencia mayormente anecdótica o basarse en estudios con grupos de comparación poco rigurosos. Esto no significa que la risoterapia sea pseudociencia —de hecho, buena parte de la evidencia reciente proviene de ensayos clínicos aleatorizados y metaanálisis, no de testimonios sueltos—, pero sí que conviene leer los titulares entusiastas con cierto escepticismo metodológico, como se haría con cualquier intervención en salud mental.
El balance
La imagen que emerge no es la de una cura milagrosa ni la de una moda sin fundamento, sino la de una intervención complementaria con evidencia creciente y razonablemente consistente para reducir ansiedad, estrés y síntomas depresivos leves a moderados, especialmente como apoyo junto a tratamientos convencionales.
Donde la evidencia es más débil es en afirmaciones más ambiciosas —que cure enfermedades, sustituya fármacos o funcione igual para cualquier persona y contexto—, terreno en el que la prudencia sigue siendo la actitud más honesta, tanto para periodistas como para pacientes.
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