“Bluetoothing”: la peligrosa práctica de inyectarse sangre ajena para drogarse

Especialistas advierten de la práctica de inyectarse sangre entre consumidores de drogas, que multiplica el riesgo de contraer enfermedades graves como el VIH

"Bluetoothing": la peligrosa práctica de inyectarse sangre ajena para drogarse

Tipo de jeringuilla utilizada entre consumidores de droga. Crédito: PeopleImages | Shutterstock

Su nombre suena tecnológico e inofensivo, pero detrás del término bluetoothing se esconde una práctica que alarma a médicos y a servicios de salud pública: inyectarse sangre de otra persona que acaba de consumir una droga, con la intención de experimentar sus efectos sin necesidad de consumir la sustancia. La expresión juega con la idea de la transmisión “inalámbrica” de un dispositivo a otro, cuando en realidad lo que se transmite es sangre, y con ella, potencialmente, enfermedades graves.

Es un fenómeno poco documentado, pero real. La práctica fue reseñada por distintos medios internacionales desde mediados de la década de 2010, sobre todo en entornos de consumo de metanfetamina y otros estimulantes. Los relatos suelen proceder de testimonios de usuarios, trabajadores sociales y profesionales sanitarios, más que de estudios epidemiológicos amplios.

Esa es una de las claves del asunto: no existen cifras fiables sobre su extensión. Algunos expertos creen que se trata de una conducta minoritaria y esporádica, que ha recibido más atención mediática de la que su frecuencia real justificaría. Otros señalan que, precisamente por su carácter clandestino y por el estigma asociado, es difícil medirla. Lo que sí hay es consenso sobre su peligrosidad.

La ciencia es escéptica

Quienes la practican suelen hacerlo por motivos económicos, por intentar “aprovechar” una dosis o por la falta de acceso a la sustancia. Sin embargo, los especialistas sostienen que la cantidad de droga que puede circular en la sangre de otra persona es limitada y variable, por lo que el efecto, si lo hay, sería reducido e impredecible. Cualquier posible “beneficio” queda eclipsado por los riesgos.

Los riesgos: un cóctel de enfermedades

Inyectarse sangre ajena equivale a exponerse directamente a los agentes infecciosos que esa persona pueda portar. Entre los principales peligros se encuentran:

  • Infecciones de transmisión sanguínea: VIH, hepatitis B y hepatitis C, que pueden pasar inadvertidas durante años porque la persona portadora a menudo no sabe que está infectada.
  • Infecciones bacterianas graves: introducir sangre por vía intravenosa puede provocar septicemia, abscesos o endocarditis (infección del corazón), que pueden poner en riesgo la vida.
  • Reacciones inmunitarias: la incompatibilidad entre la sangre de dos personas puede desencadenar respuestas peligrosas del organismo.
  • Riesgo añadido del consumo inyectado: el uso de jeringuillas ya conlleva daños en las venas, infecciones locales y riesgo de sobredosis.

A esto se suma un factor agravante: la mezcla de contextos de consumo en grupo, con poco control sanitario y a menudo con material compartido.

El caso Fiji

Al referirnos al fenómeno del bluetoothing, tenemos que traer el caso del famoso archipiélago de Fiji, que está bajo emergencia nacional luego de que el país de Oceanía se convirtiera en el epicentro de una de las epidemias de VIH de más rápido crecimiento en el mundo.

Se apunta una de las causas principales al intercambio de sangre entre los consumidores de drogas fuertes.

A este respecto, BBC Mundo recoge declaraciones de trabajadores comunitarios que señalan que es un problema real e instan a los gobiernos y a las agencias de salud de todo el mundo a tomar el tema en serio.

“¿Cuántas vidas tenemos que perder antes de que realmente hagamos algo?”, se pregunta Kalesi Volatabu, directora ejecutiva de la organización social Drug Free Fiji.

Volatabu afirma que se sorprendió mucho cuando vio esta práctica por primera vez: “Había cinco o seis personas de pie alrededor, listas para recibir esa inyección”, señaló a la BBC.

“Y pueden estar contagiando a otras cinco personas. Así que, literalmente, solo con cinco, ya tienes de 25 a 30 personas. Y así de fácil es”, aseveró.

Salud pública: reducir daños sin estigmatizar

Los programas de reducción de daños insisten en que el enfoque más eficaz no pasa por la condena, sino por la información y el acceso a servicios. Entre las líneas de actuación que suelen defender las organizaciones sanitarias figuran:

  1. Programas de intercambio de jeringuillas y distribución de material estéril.
  2. Pruebas gratuitas y confidenciales de VIH y hepatitis, con acceso a tratamiento. La hepatitis C, por ejemplo, tiene hoy tratamientos antivirales con altas tasas de curación.
  3. Información clara y sin juicios sobre los riesgos de compartir sangre, agujas o cualquier material de inyección.
  4. Acceso a tratamiento de adicciones y apoyo psicosocial.

Los profesionales subrayan que el estigma aleja a las personas de los servicios de salud justo cuando más los necesitan, por lo que recomiendan mensajes que informen sin criminalizar.

Qué hacer ante una posible exposición

Quien haya estado expuesto a sangre ajena por vía inyectada debería acudir cuanto antes a un servicio sanitario.

En el caso del VIH, existe la profilaxis postexposición, que es más eficaz cuanto antes se inicie (en las primeras horas y siempre dentro de las 72 horas).

Además, conviene realizarse pruebas de seguimiento para descartar otras infecciones.

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