¿Los mujeres experimentan más dolor que los hombres? Esto señala la ciencia
Estudios apuntan a diferencias reales en la forma de percibir y soportar el dolor, pero también a sesgos médicos y sociales que complican la respuesta
Mujer padece dolor en cabeza y cuello. Crédito: Media_Photos | Shutterstock
Durante décadas, la medicina trató el dolor como una experiencia casi idéntica en todas las personas. Hoy la evidencia indica lo contrario: las mujeres reportan, en promedio, dolores más frecuentes, más intensos y más prolongados que los hombres. La pregunta de fondo es si esa diferencia es biológica, cultural o ambas cosas.
Los estudios epidemiológicos coinciden en que muchas condiciones de dolor crónico son más comunes en mujeres, entre ellas la fibromialgia, la migraña, el síndrome del intestino irritable, los trastornos de la articulación temporomandibular y la artritis reumatoide. Las revisiones científicas, como la publicada por el investigador Roger Fillingim y su equipo en 2009, también encontraron que en pruebas de laboratorio las mujeres tienden a mostrar umbrales de dolor más bajos y menor tolerancia a estímulos como el calor, la presión o el frío.
Los especialistas advierten, sin embargo, que las diferencias son de magnitud pequeña o moderada y que existe un enorme solapamiento entre sexos: muchos hombres son más sensibles que muchas mujeres. Se trata de promedios, no de reglas individuales.
Posibles explicaciones biológicas
La ciencia ha explorado varias vías. Las hormonas sexuales, como los estrógenos y la testosterona, influyen en cómo el sistema nervioso procesa las señales dolorosas, y algunas mujeres perciben variaciones del dolor a lo largo del ciclo menstrual. También se ha observado que los mecanismos de “control descendente” del dolor, con los que el cerebro amortigua las señales que llegan desde el cuerpo, pueden funcionar de manera menos eficiente en las mujeres.
Otro hallazgo llamativo proviene de la investigación con roedores. Un equipo liderado por el neurocientífico Jeffrey Mogil, de la Universidad McGill, reportó en 2015 que el dolor crónico parece depender de células inmunitarias distintas según el sexo: en los machos intervendrían sobre todo las microglías, y en las hembras, células T. Aunque se trata de resultados en animales y aún falta confirmarlos en personas, abren la puerta a tratamientos diferenciados.

El peso de la cultura y la medicina
La biología no cuenta toda la historia. Las normas sociales pueden llevar a muchos hombres a minimizar o callar su dolor, mientras que a las mujeres se les ha permitido expresarlo con más libertad, lo que influye en lo que se reporta en encuestas y consultas.
Al mismo tiempo, hay evidencia de que el sistema de salud no siempre toma en serio el dolor femenino. Un estudio en servicios de urgencias de Estados Unidos halló que las mujeres con dolor abdominal esperaban más tiempo para recibir analgésicos opioides que los hombres y tenían menos probabilidades de recibirlos. En trastornos como la endometriosis, el diagnóstico tarda en promedio entre siete y diez años en muchos países, en parte porque el dolor menstrual intenso se ha normalizado. Un artículo clásico de 2001 sobre este fenómeno llevaba por título “La niña que lloró de dolor”.
Una brecha en la investigación
Durante buena parte del siglo XX, la investigación preclínica trabajó casi exclusivamente con animales macho, y los ensayos clínicos incluyeron pocas mujeres. Esto significa que muchos analgésicos fueron evaluados con una visión parcial. En 2016, los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos exigieron considerar el sexo como variable biológica en los estudios que financian, un paso que busca corregir ese vacío. Ya hay indicios de que algunos fármacos podrían actuar de forma distinta según el sexo, aunque los resultados aún no son concluyentes.
¿Entonces las mujeres sienten más dolor?
La respuesta más honesta de la ciencia es: probablemente sí, las mujeres sienten más dolor que los hombres en promedio, pero con matices. El dolor es una experiencia subjetiva que no puede medirse directamente, y en ella se entrelazan la genética, las hormonas, el sistema inmunitario, la psicología y el contexto social. Lo que sí parece claro es que reconocer estas diferencias, y no ignorarlas ni usarlas como excusa para restar credibilidad a los pacientes, es clave para ofrecer diagnósticos más rápidos y tratamientos más eficaces para todos.
También puede interesarte:
· Una grabación de 20 segundos podría ayudar a detectar la diabetes tipo 2: cómo funciona
· ¿Te duchas con agua fría o caliente? No es solo cuestión de preferencia
· ¿Blanco, rosa o marrón? La ciencia detrás del ruido que mejor concilia el sueño