Más allá del dolor en el pecho: el infarto no siempre avisa
Según la OMS, las enfermedades cardiovasculares son la primera causa de muerte a escala global y provocan cerca de 18 millones de fallecimientos al año
Concepto de salud cardíaca. Crédito: Shutterstock.AI Generator | Shutterstock
Una presión leve en el pecho que se atribuye a la comida pesada. Un cansancio inusual que se achaca al estrés del trabajo. Una molestia en la mandíbula que se confunde con un problema dental. Para muchas personas, así comienza un infarto de miocardio, y no con el dolor súbito y desgarrador que el cine instaló en el imaginario colectivo.
Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), las enfermedades cardiovasculares son la primera causa de muerte a escala global y provocan cerca de 18 millones de fallecimientos al año.
Una porción considerable corresponde a infartos y accidentes cerebrovasculares. Muchos ocurren en personas que no sabían que estaban en riesgo, o que reconocieron las señales demasiado tarde.
Qué ocurre en el corazón
Un infarto agudo de miocardio se produce cuando una arteria coronaria se obstruye, generalmente por un coágulo que se forma sobre una placa de colesterol acumulada durante años. Sin riego sanguíneo, el músculo cardíaco comienza a lesionarse en cuestión de minutos. Cada minuto cuenta: cuanto más tarde se restablece la circulación, mayor es el daño y menores las posibilidades de recuperación.
El problema es que ese proceso silencioso de acumulación de placa puede avanzar durante décadas sin dar síntomas. Y cuando el infarto llega, no siempre lo hace con claridad.

Más allá del dolor en el pecho
El síntoma clásico es una opresión intensa en el centro del pecho, que puede irradiarse al brazo izquierdo, al cuello o a la mandíbula. Pero los especialistas insisten en que ese cuadro no es universal. Entre las manifestaciones menos reconocidas figuran:
- Falta de aire sin causa aparente, con o sin molestia torácica.
- Sudor frío, náuseas o vómitos.
- Mareo o sensación de desvanecimiento.
- Dolor o malestar en la espalda, el estómago, el cuello o la mandíbula.
- Fatiga extrema e inexplicable, a veces durante días previos al episodio.
En algunos casos, el infarto es directamente «silencioso»: transcurre con síntomas tan leves que la persona no los reconoce y solo se descubre tiempo después, por un electrocardiograma o un estudio de rutina. Diversos estudios poblacionales sugieren que no son una rareza, y que una fracción apreciable de los infartos pasa inadvertida en el momento en que ocurre.
Mujeres, diabéticos y adultos mayores
Hay grupos en los que la presentación atípica es más frecuente. En las mujeres, el infarto suele manifestarse con cansancio, náuseas, dolor de espalda o mandíbula y falta de aire, más que con el dolor torácico intenso. Esa diferencia ha contribuido históricamente a diagnósticos tardíos y a que muchas pacientes minimicen sus propios síntomas.
En las personas con diabetes, el daño a los nervios (neuropatía) puede atenuar la percepción del dolor, de modo que el corazón sufre sin que el paciente lo note. Algo similar ocurre en adultos mayores, en quienes un infarto puede presentarse como confusión, debilidad repentina o simple decaimiento.
Factores de riesgo
El infarto no siempre avisa, advierte la Sociedad Americana del Corazón. Entre las causas de fondo suelen ser conocidas y medibles:
- Hipertensión arterial
- Colesterol elevado
- Diabetes
- Tabaquismo
- Obesidad y sedentarismo
- Antecedentes familiares de enfermedad cardíaca temprana
- Estrés crónico y mala calidad del sueño
La buena noticia es que buena parte de ellos puede controlarse. Los controles médicos periódicos, la medición de la presión y el perfil lipídico permiten detectar el riesgo antes de que se manifieste en forma de emergencia.
Qué hacer ante la sospecha
Los médicos coinciden en un mensaje central: ante síntomas compatibles, no esperar. Conviene llamar de inmediato al servicio de emergencias, en lugar de trasladarse por cuenta propia o aguardar a ver si el malestar pasa. Si el servicio de emergencias lo indica, puede recomendarse masticar una aspirina, pero esa decisión debe tomarse bajo orientación profesional, ya que no es adecuada para todas las personas.
También es clave que el entorno conozca las señales. Muchas veces, quien está sufriendo el episodio es el último en admitirlo, y la insistencia de un familiar o un compañero puede acelerar la atención.
Prevenir es posible
La prevención empieza mucho antes del hospital: alimentación equilibrada, actividad física regular, abandono del tabaco, control del peso, manejo del estrés y chequeos periódicos, sobre todo a partir de los 40 años o antes si hay antecedentes familiares.
El infarto no siempre avisa con claridad. Pero el cuerpo suele dar señales, y la mejor defensa es aprender a leerlas, no ignorarlas y consultar a tiempo.
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