Innovación con propósito: Ampliando las oportunidades para cada estudiante

En Da Vinci Schools los estudiantes aprenden a analizar y examinar a través de proyectos

Estudiantes de la Da Vinci Schools durante una clase.

Estudiantes de la Da Vinci Schools durante una clase.  Crédito: CCSA | Cortesía

En el ámbito educativo utilizamos mucho la palabra «innovación».

Puede significar cosas diferentes para cada persona. Para algunos, describe una nueva tecnología o una manera diferente de enseñar. Para otros, puede referirse a un salón de clases rediseñado o un programa que no existía hace unos años. Cuando recorro California visitando escuelas públicas chárter, tan diversas y únicas como el propio estado, no dejo de plantearme una pregunta fundamental: ¿Qué significa realmente la innovación en la educación?

Para mí, hacer algo nuevo no es suficiente. Debe mejorar el aprendizaje. Debe ampliar las oportunidades. Y, en última instancia, debemos poder analizar los datos y preguntarnos si los estudiantes, especialmente aquellos que históricamente han sido desatendidos por nuestro sistema de educación pública, están mejor gracias a ello.

Recientemente conversé con Matthew Wunder, director ejecutivo y superintendente de Da Vinci Schools, una red de escuelas públicas chárter en el condado de Los Ángeles que lleva años reflexionando sobre esta pregunta.

Matthew describe cada escuela de Da Vinci como un “laboratorio”.

“Cada una de nuestras escuelas es un laboratorio”, me dijo. “Debemos tratar de descubrir cómo hacer las cosas mejor o cómo lograr mejores resultados para los estudiantes”.

Me gusta la analogía del laboratorio porque un buen experimento requiere explorar más y profundizar. Observamos lo que sucede. Analizamos los resultados. Aprendemos. Y después seguimos mejorando.

En Da Vinci, esto significa crear intencionalmente un entorno de aprendizaje que conecte la escuela con el mundo real, especialmente para los estudiantes de preparatoria.

Los estudiantes aprenden mediante proyectos prácticos y trayectorias profesionales en campos que van desde la ingeniería y las ciencias de la computación hasta la arquitectura, la producción audiovisual y el emprendimiento. Trabajan con profesionales del sector y tienen acceso a oportunidades profesionales y mentores. Algunos estudiantes incluso pueden comenzar a obtener créditos universitarios mientras todavía están en la preparatoria.

El objetivo no es simplemente hacer que la escuela sea más interesante. Es garantizar que cada estudiante, independientemente de su situación, tenga la oportunidad de aplicar lo que sabe, descubrir sus fortalezas y comenzar a imaginar las posibilidades que existen para ellos después de la preparatoria.

Y ahí es donde creo que los nuevos enfoques deben ir de la mano con la equidad.

Cuando las escuelas incorporan intencionalmente estas experiencias a la educación de un estudiante, no están simplemente creando una manera diferente de aprender. Están ampliando el número de personas que tienen acceso a nuevas oportunidades.

Esto es especialmente importante en Da Vinci, que atiende a una población estudiantil diversa que incluye a un gran número de estudiantes latinos, afroamericanos y en situación de desventaja socioeconómica.

El 94% de los graduados de Da Vinci completan los cursos requeridos para la admisión a las universidades públicas de California. El 82% se matricula en la universidad inmediatamente después de terminar la preparatoria y el 91% continúa sus estudios en el segundo año universitario.

Una de las grandes promesas del movimiento de escuelas chárter es la flexibilidad para replantear los enfoques tradicionales de la educación pública y utilizar esa flexibilidad con propósito: probar prácticas prometedoras basadas en datos, analizar su impacto, aprender de lo que funciona y de lo que no funciona, y llevar las prácticas y oportunidades efectivas a más estudiantes y comunidades.

En Los Ángeles y en todo California, esto puede verse de maneras muy diferentes. Puede significar un aprendizaje conectado con carreras profesionales en una comunidad, un programa de educación bilingüe en otra o un nuevo enfoque para llegar a estudiantes que han tenido dificultades en entornos educativos tradicionales.

No existe un modelo único de innovación. Pero quizás deberíamos esperar lo mismo de ella en todas partes: propósito, evidencia de rendimiento y equidad.

Al final, a las familias les importa saber si sus hijos están aprendiendo. Si se les plantean retos y se les brinda el apoyo que necesitan. Si la escuela les abre las puertas a la universidad, a una carrera profesional y a un futuro que puedan imaginar para sí mismos.

Como me dijo Matthew Wunder: “Nuestro trabajo como padres es preparar a nuestros hijos, y a todos los niños a quienes servimos, para que tengan una buena vida, llena de felicidad y de propósito”.

Ese debería ser nuestro criterio: no simplemente si una idea es nueva, sino si funciona, para quién funciona y si sus beneficios llegan a los estudiantes y las comunidades a quienes, con demasiada frecuencia, se les ha negado el acceso a las oportunidades.

Esa es la innovación que vale la pena promover.

(*) Myrna Castrejón es la presidenta y directora ejecutiva de la Asociación de escuelas chárter de California (CCSA).

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