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Exclusiva

‘Mi cuerpo lo recuerda’: presunta nueva víctima de Chávez rompe el silencio 

Jennifer Andrea Porras, ahora de 53 años, revela a La Opinión que sufrió acoso sexual por parte del líder sindical  

César Chávez, acoso sexual

César Chávez junto a Jennifer Andrea Porras y otros miembros del Sindicato de Trabajadores Agrícolas en 1990. Crédito: Fotos: Jennifer Andrea Porras | Cortesía

Cuando Jennifer Andrea Porras, una artista indígena y miembro de la comunidad LGBTQ+  (indigiqueer) y coahuilteca del área de la Bahía, se enteró por primera vez de la investigación de The New York Times  en la que se detallaban las denuncias de varias mujeres que acusaban al histórico defensor de los derechos civiles, César Chávez, de abuso sexual, no le sorprendió. Al contrario, la noticia corroboró su propia experiencia con el cofundador del Sindicato de Trabajadores Agrícolas (United Farm Workers, UFW).  

“Sabía que esto iba a salir a la luz, pero no sabía cómo ni en qué sentido ni quién iba a hablar”, dice Andrea. “Pero lo sabía porque una comadre me contó sobre la cancelación de los eventos del Día de César Chávez y me dijo: “Hermana, creo que ha llegado el momento”.  

Días después de que se conociera la noticia, mientras ciudades en todo California se apresuraban a retirar murales, cambiar el nombre de calles y retirar estatuas del difunto Chávez, Andrea se enfrentaba al resurgimiento de traumas del pasado relacionados con el movimiento laboral. 

Aunque la noticia ha dejado a muchos en estado de shock y con una sensación de decepción, algunos la califican como un “duro golpe” para la comunidad latina. Los valientes testimonios de Ana Murguía y Debra Rojas al popular medio han creado un espacio y una sensación de seguridad que ahora permiten a otras víctimas de abusos alzar la voz.  

Creando un punto de partida para el diálogo, la acción, el cuidado, la rendición de cuentas, la recuperación y la responsabilidad. Una búsqueda de justicia que va más allá del difunto activista chicano.  

“En realidad, se trata de que las sobrevivientes hablen con otras sobrevivientes y con quienes los rodean”, explica Andrea, quien compartió por primera vez con La Opinión lo que sufrió cuando fue incorporada al círculo íntimo de Chávez en los años 90. “Y se trata realmente de que los cuidadores, los padres, todos estén atentos y les crean a las personas y a los niños la primera vez que les dicen algo”. 

La razón por la que Andrea ha decidido alzar la voz ahora es porque espera que esto genere un cambio positivo, sanación y diálogo dentro de la comunidad latina, y que sea una forma de acabar con la cultura del silencio que existe en ella. Espera que la ola de apoyo y de revelación de la verdad que surge de la investigación cambie la mentalidad de “calladita te ves más bonita”.  

“Créanle a los niños y niñas de todos los géneros, créanle a los sobrevivientes. Esto también es por los niños y otras personas que puedan estar pasando por esto ahora mismo”, añade Andrea, señalando que los abusadores siguen estando presentes en los movimientos comunitarios, los hogares y los lugares de culto y poder de hoy en día. “Esas cosas te persiguen a lo largo de los años; mi cuerpo aún lo recuerda, mis células lo recuerdan, mis huesos lo recuerdan”. 

César Chávez acoso sexual
Una joven Jennifer Andrea Porras sostiene una pancarta enrollada con el retrato de César Chávez.
Crédito: Jennifer Andrea Porras | Cortesía

Andrea, que ahora tiene 53 años, nació en Texas y formó parte de una familia muy involucrada en el movimiento chicano y de derechos laborales, desde antes de su nacimiento. Cuando tenía 18 años, la enviaron a vivir a La Paz, en Keene, California, el hogar y sede del líder sindical y de la UFW, con el pretexto de que sería una becaria que trabajaría como organizadora de campo para el sindicato.  

“Mirando atrás, me doy cuenta de cómo mi familia, en su conjunto, estaba convencida de que esto era un sueño chicano, un espacio seguro y honorable. Trabajar para la causa, junto al que entonces era el héroe de nuestra familia”, recuerda Andrea de ese verano. “Pero todo ese tiempo, él (César) estaba pensando en cómo meterse en mi camiseta, en mis pantalones, en forzar su boca sobre mí, y me tenía convencida de que era un lugar del que no podía escapar”. 

Al igual que Murguía y Rojas, Andrea también creció en el seno del movimiento chicano y de la UFW; sus padres, Josie y Andy Porras, fueron durante mucho tiempo organizadores comunitarios y profesores que trabajaron en distritos escolares de Texas y California. Las vacaciones de verano solían permitir a la familia viajar y trabajar con frecuencia, prestando servicio y apoyo a las comunidades campesinas en el ámbito educativo. 

En los 70’s, la madre de Andrea trabajó para Head Start en los campos de Stockton y de San José. El programa ofrecía a los niños en edad preescolar de bajos ingresos un programa integral para satisfacer sus necesidades emocionales, sociales, de salud, nutricionales y educativas.  

Su padre, un columnista sindicado, también ayudó a organizar las primeras conferencias para las comunidades chicanas y de Centro y Sudamérica  con el fin de ayudarles a explorar y conocer las oportunidades de educación secundaria y universitaria. 

“No conozco otra vida que no sea el movimiento sindical”, dice Andrea. “Aprendí a marchar antes de aprender a caminar, sentada sobre los hombros de mi padre o en la cadera de mi madre, levantando el puño en alto como veía hacerlo todos a mi alrededor”. 

Un póster de Andrea cuando tenía un año, con la frase “¡Viva La Razita!”. Segun Andrea Cesar Chavez en algún momento tuvo uno de estos pósters en su despacho.
Crédito: Cortesía

En una columna de opinión periodística que el padre de Andrea escribió sobre la primera vez que conoció a Chávez, describe a su hija  como una niña que “pintaba su propia versión del águila de la UFW en las paredes de las guarderías”, mientras que otros niños dibujaban muñecos de palitos.  

‘Inicia la pesadilla’ 

Según Andrea, aunque sus interacciones con Chávez se produjeron principalmente cuando tenía 18 años, el acoso comenzó cuando tenía 16, tras conocerlo en Stockton, en St. Mary’s Hall, por primera vez. Ese momento fue documentado por su padre en una columna que escribió sobre la experiencia y que posteriormente se publicó en múltiples plataformas, entre ellas Hispanic Link y el entonces LA Times Syndicate.  La Opinión tuvo acceso al texto impreso.  

“Mi padre y yo nos quedamos impresionados, totalmente asombrados ante la propuesta de que me afiliara al sindicato de La Paz”, recuerda Andrea.  

En la columna, el padre de Andrea relata cómo las lágrimas de alegría resbalaban por las mejillas morenas de su hija al ver a Chávez. 

“Ella recordó las muchas pláticas que habíamos tenido sobre el respeto hacia los demás, el sufrimiento de los niños migrantes y los motivos de las marchas”, escribía entonces el padre de Andrea, mientras Chávez se acercaba a ella y le preguntaba por su nombre. 

Para Andrea ese recuerdo ahora tiene otro significado. 

“Con el tiempo descubriría que la confianza que yo tenía y esperaba recibir de extraños y de”tíos ” o”parientes “, que en realidad no eran parientes de sangre sino “parientes de la comunidad”, no siempre era correspondida”. 

Según este relato, Andrea llamó la atención de Chávez mientras estaba parada en la entrada cuando él se retiraba en su coche. En aquel momento, Chávez ya tenía alrededor de 60 años.  

Jennifer Andrea Porras y toda su familia apoyaban la causa de los trabajadores agrícolas.
Crédito: Cortesía

“César ordenó que el coche se detuviera y la llamó por su nombre: ‘Dame tu dirección y ven a visitarnos algún día’”, le dijo Chávez, según se lee en la columna. 

De acuerdo con Andrea, su padre y Chávez habían hablado ese día y le reveló los planes de Andrea de continuar sus estudios en Sacramento después de graduarse de la secundaria. Recuerda que Chávez le pidió a su padre que la enviara a trabajar con él durante sus primeras vacaciones de verano en la universidad.  

Andrea describió la situación diciendo que Chávez era como un scout deportivo y que ella era la atleta a la espera de ser fichada. 

“Mi padre estaba encantado”, recuerda Andrea, quien hace pausas frecuentes en su relato para reflexionar mientras los recuerdos resurgen en su mente. “Así que, visto en retrospectiva, fue una buena oportunidad para mí y para nuestra familia, que forma parte de este movimiento, ¿no?”. 

A partir de ahí, comenzaron nuevos intentos de comunicación.  

“Lo siguiente que sé es que César me enviaba cartas desde La Paz, a mí, no a mis padres”, explica Andrea. “‘Hola, ¿cómo estás? Me encantó conocerte’. Pero ninguno de nosotros le dio importancia en aquel momento”. 

Andrea admite que, a lo largo de los años, como forma de purificación, ha quemado algunas fotos, camisetas, pósters y cartas de aquellos años que fue parte del movimiento agrícola.  

Además, confiesa que no puede contar en detalle qué escribió ella en sus carta dirigidas a Chávez .Pero dice que ver el artículo de The New York Times que mencionaba y mostraba pruebas de cartas de otras chicas que sufrieron lo mismo muchos años antes que ella fue una confirmación desgarradora. 

“Fue inquietante, como si un cuchillo estuviera rasgando todas las viejas cicatrices del acoso y ese secreto”, explica Andrea. “Las cartas (que me enviaba) no eran frecuentes, pero siempre decía que tenía muchas ganas de que fuera a California”.  

No fue hasta que llegó a la Universidad Estatal de Sacramento en 1990 cuando las cosas empezaron a pasar de ser gestos amistosos a una atención no deseada ni solicitada. 

En aquel momento, Andrea era estudiante de primer año y formaba parte de M.E.Ch.A. (Movimiento Estudiantil Chicanx de Aztlán). Una organización y club político, educativo y cultural presente en las universidades, centrado en fomentar la concienciación sobre cuestiones de justicia social que afectan a las comunidades menos representadas. Las cosas aún no se habían agravado con Chávez, así que lo invitó a hablar con el grupo sobre su trabajo con campesinos.  

Él la visitó, se presentó a todo el mundo y le pidió a Andrea que lo llamara Tata delante de sus compañeros. Su visita fue otro intento de llevarla a La Paz y la primera vez que lo veía desde que tenía 16 años.  

“Tenía muchas ganas de hablar conmigo sobre lo que haría con el sindicato una vez que saliera de la universidad en el verano”, recuerda Andrea, que no puede evitar emocionarse por los dolorosos recuerdos.  

Ese mismo día, Chávez invitó a cenar a Andrea, que entonces tenía 18 años, junto con otras dos chicas, con las que había viajado a Sacramento. Según Andrea, él insistió que ella lo manejara a solas al restaurante, mientras que las otras dos chicas se desplazaron en otro carro. Una vez en el restaurante, dice que pidió platos vegetarianos para los cuatro. 

“Dijo que, una vez que me mudara al recinto, tendría que hacerme vegetariana porque nuestro cuerpo tiene que estar preparado para ayunar; dijo que nuestro cuerpo tiene que estar limpio porque tiene que ser una máquina pura para el sindicato”, recuerda Andrea. “Me vendieron la idea de que tendría la oportunidad de convertirme en organizadora; en cambio, me dijeron que sería su asistente personal y su chófer privada”. 

“Cuando llegué allí, César me dijo: “Vas a pasar todo tu tiempo conmigo”, añadió Andrea. 

Recuerda perfectamente cuando sus padres la llevaron a La Paz, donde viviría en una caravana con una mujer que se convirtió  en algo parecido a una tía para ella. 

Según Andrea, Chávez le presentó a ella y a sus padres a todo el complejo, parándose en cada departamento y oficina.  

“Dijo: ‘Quiero que sepan que la dejan conmigo y que ahora forma parte de nuestra familia’”, recuerda Andrea. “Hizo que toda mi familia sintiera mucho amor, ¿verdad?, y todos estábamos despistados. Si miras las fotos, todos estamos sonriendo”. 

Andrea dice que no culpa a sus padres ni les guarda rencor, ya que, según ella, a ellos también los engañaron. Es algo bastante común: en Estados Unidos, el 68,5 % de las agresiones sexuales se producen en el domicilio de la víctima o en sus inmediaciones, o bien en el hogar de un familiar o amigo “de confianza”.  

“Lo difícil era que nuestros padres no se daban cuenta realmente de lo peligrosos que eran los sitios en los que a veces nos dejaban, con gente en la que creían que podían confiar”, lamenta.  

El resto del verano consistió en que Andrea trabajara codo a codo con Chávez, quien le pidió que lo llevara en coche a sus reuniones con agricultores y a charlas que implicaban largos viajes por caminos desiertos. 

Según Andrea, las cosas no se agravaron hasta que le pidió que se reuniera con él fuera del horario laboral en su oficina, para enseñarle técnicas de respiración y puntos de presión. 

“Insistía en que la puerta estuviera cerrada con llave la mayoría de los días y, aprovechando esas técnicas de respiración y puntos de presión, empezaba a tocarme partes del cuerpo inapropiadas”, recuerda.  

En la mayoría de las ocasiones en que le pedía que manejara de un lugar a otro, estaba a solas con él en el coche, donde, según Andrea, le hacía preguntas inapropiadas sobre su virginidad y su sexualidad e intentaba tocarla. También dice que le hablaba de cómo, en otras culturas, se consideraba aceptable que las chicas jóvenes estuvieran con hombres mayores.  

“Desde besos forzados hasta caricias y toques, eso era lo que hacía principalmente en la carretera; tenía que estar alerta y preparada para protegerme de sus manos”, recuerda Andrea. “Me preguntaba cuántas veces tendría que golpearle las manos, empujarlo o gritarle ‘no’, porque llegó un punto en el que ya no podía soportarlo más”.  

Para Andrea, no era la primera vez que alguien en quien confiaba le hacía daño. Cuando era más joven, sufrió abusos sexuales por parte de supuestos amigos de la familia.  

Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), más de 4 de cada 5 mujeres que han sobrevivido a este tipo de agresiones afirman que fueron violadas o sufrieron acoso sexual por primera vez antes de los 25 años, y casi la mitad lo sufrió siendo menor de edad, antes de cumplir los 18 años o al cumplirlos.  Entre los jóvenes LGBTQ+, las cifras de violencia sexual son más elevadas. Casi dos de cada cinco jóvenes LGBTQ+ (39 %) han declarado que, en algún momento de su infancia, se vieron obligados a realizar “actos sexuales” contra su voluntad o sufrieron agresiones sexuales, según un estudio de 2024 realizado por el Proyecto Trevor. 

Una vez que salieron a la luz las insinuaciones físicas de Chávez, eso activó las alarmas. 

Andrea dice que recuerda el día en que ya no pudo más. Iban en el coche y, de vez en cuando, paraban por el camino para descansar en lo que Chávez llamaba “casas seguras”. 

“Fui al baño y, cuando salí, él estaba en la puerta; se chocó conmigo a propósito, entró en el baño, cerró la puerta y me besó a la fuerza”, dice. “Le dije: ‘¿Qué carajo estás haciendo?’, y salí corriendo. Creo que ya era malo que me tocara mientras conducía, pero que me metiera la lengua y la cara fue a otro nivel”. 

Tras un verano en el que tuvo que soportar conversaciones inapropiadas, manoseos y caricias no deseadas, decidió que no volvería a La Paz.  

“Es decir, quería largarme de allí. Me daba asco”, dice Andrea. “Se lo he estado contando a la gente desde que me pasó esto. Simplemente les decía: si conocen a alguien que vaya a ese lugar, díganle que me llame, mantengan a sus seres queridos alejados de ese lugar”. 

Según Andrea, recuerda haberle dicho a Chávez que lo delataría, a lo que, según, él respondió con amenazas.  

“Él dijo: ‘Nunca se lo contarás a nadie porque, si le cuentas algo a alguien, nadie te creerá y harás que la vida de todos no valga nada; harás que este movimiento termine, ¿y para qué?’”, dice Andrea, lo cual recuerda lo que él le dijo en ese momento. “Y si no me crees, ponme a prueba. ¿Quieres que haga daño a tus padres? Todo el mundo sabe que hay que dejarme en paz”. 

Andrea contó que, ese mismo año, en varias ocasiones, habló con personas vinculadas al sindicato sobre lo que había sufrido, pero algunas le dijeron que guardara silencio. A partir de entonces, solo se lo contaría a personas de su confianza, tras decidir no regresar a La Paz. 

“Por eso quiero hablar de esto, porque tenemos que escuchar a las personas desde el primer momento y no podemos poner en duda su sanidad mental, preguntarnos por qué nos lo cuentan o cuestionar cómo íbamos vestidos. Simplemente tenemos que escuchar a las personas cuando ocurre”, afirmó Andrea. 

Varias personas con las que habló La Opinión corroboraron las acusaciones de Andrea, entre ellas familiares, amigos y otras personas involucradas en el movimiento de campesinos a quienes Andrea, en diferentes momentos de su vida, les contó sobre el abuso de Chávez hacia ella. 

“Solo estoy viva ahora mismo gracias a mi hijo, al arte y a la comunidad negra y morena, indígena y queer que me escuchó y me ha sostenido en momentos en los que no quería estar aquí”, confiesa Andrea. “Durante años me permití creer que no era digna de paz verdadera, de felicidad verdadera o, simplemente, de nada bueno”.  

Cuando se hicieron públicas las acusaciones el pasado 18 de marzo, Andrea dice que fue la primera vez en años que su cuerpo recordó ciertos momentos,olores y detalles de aquella época. Como el crujido de los suelos en las viviendas de La Paz.  

“Fue muy visceral, muy desagradable, desagradable en el sentido de que sentí que podía volver a saborear y oler a César”, dice Andrea, mostrando físicamente su incomodidad ante ese pensamiento. “Y eso que pensaba que hacía mucho tiempo que había dejado de olerlo o de sentirlo de esa manera”. 

Cuando se le preguntó si lo que había vivido la había llevado a alejarse del sindicato , Andrea respondió que no. Siempre mantuvieron su implicación hasta cierto punto, al tiempo que se mantenían alejados de cualquier cosa organizada por Chávez. Para Andrea, era importante seguir implicada en el movimiento incluso tras su fallecimiento, por el bien de los campesinos con los que trabajaba.  

En cuanto al legado de Chávez, Andrea dice que el movimiento nunca tuvo que ver con él. 

“He decidido conservar las relaciones especiales y únicas que surgieron de aquella época y que, para mí, siguen siendo hoy en día mis mentores, mis amigos y mis seres queridos, personas a las que considero mi familia elegida”, dice Andrea.  

Jennifer Andrea Porras durante una marcha.
Crédito: Cortesía

‘Es el momento recomponerse’ 

Para Andrea, las últimas semanas no han sido fáciles; para sobrevivir, se ha apoyado en amigos, familiares, la oración y ceremonias para sanar heridas que se han reabierto. Pero afirma que las revelaciones le han permitido por fin quitarse un peso de encima y espera que otros puedan hacer lo mismo al expresar también su verdad. 

“Me recordó que vale la pena vivir y que no fue culpa nuestra”, afirma Andrea. “El sufrimiento que él ha causado, las vidas que ha truncado y todo lo que hemos perdido por lo que nos han robado terminan aquí. Ahora es el momento de recomponernos y saber que estamos más que bien; somos santos, somos divinos y somos sagrados”. 

Y concluye diciendo: “Amémonos más a nosotros mismos, reconozcamos nuestra integridad y nuestra autoestima para aceptarnos como seres humanos que merecen la paz”. 

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