La atención a las emociones podría ofrecer pistas tempranas sobre la depresión infantil
Investigadores señalan que la atención a las expresiones faciales podría ayudar a identificar señales de riesgo, aunque no sustituyen la evaluación clínica
Niña triste y ensimismada. Crédito: PeopleImages | Shutterstock
Un estudio de la Universidad de Binghamton siguió durante dos años a 242 niños y sus madres para analizar si los cambios en la atención a las expresiones faciales se relacionan con los síntomas depresivos.
En niños cuyas madres tenían antecedentes de depresión mayor, el aumento de síntomas se relacionó con una mayor atención a los rostros tristes. En los niños sin esos antecedentes, los síntomas se asociaron con una menor atención a los rostros felices.
Los investigadores analizaron cómo ambos factores cambiaban con el tiempo. El estudio no demuestra que estos patrones causen depresión, pero podría aportar pistas sobre la vulnerabilidad de algunos niños.
Detección requiere observar cambios más amplios
Los especialistas señalan que la atención a las expresiones faciales podría ayudar a identificar señales de riesgo, pero no sustituye una evaluación clínica. Entre los cambios que conviene observar están la irritabilidad, el aislamiento, la pérdida de interés, las alteraciones del sueño o el apetito y la dificultad para concentrarse.
“El estudio ilustra cómo la depresión puede afectar la forma en que los niños prestan atención a la información emocional en su entorno. A menudo pensamos en los sesgos cognitivos como precursores de la depresión, pero esta investigación sugiere una dirección diferente a la esperada”, declaró a
Newsweek Ciara Bogdanovic, psicoterapeuta, terapeuta matrimonial y familiar.

Observar cambios persistentes en el estado de ánimo de niños
Si observas cambios persistentes en el estado de ánimo o el comportamiento de un niño, lo más importante es no esperar a que “se le pase solo” y activar una respuesta escalonada: observar, hablar y consultar, recoge el Instituto Nacional de Salud Mental entre sus recomendaciones.
Observar y registrar qué está pasando
Antes de la consulta, ayuda mucho llevar un registro breve y concreto:
- Duración: ¿Desde cuándo notan el cambio? (semanas, meses).
Frecuencia e intensidad: ¿Cuántos días a la semana? ¿Cuánto le afecta en su día a día? - Áreas afectadas: casa, escuela, amigos, actividades que antes disfrutaba.
- Síntomas asociados: cambios en sueño, apetito, energía, rendimiento escolar, quejas físicas (dolor de cabeza, de estómago), irritabilidad, aislamiento, comentarios de desesperanza o autolesión.
- Esto facilita que el profesional entienda el patrón y no solo un momento aislado.
Hablar con el niño de forma clara y sin juzgar
- Elegir un momento tranquilo, sin prisas ni distracciones.
- Usar frases abiertas y validadoras: 1) “He notado que últimamente estás más triste/irritado/cansado. ¿Cómo te sientes tú?”: 2) “No estás en problemas, solo quiero entenderte y ver cómo podemos ayudarte”.
- Escuchar más que interrogar; evitar minimizar (“eso son tonterías”, “ya se te pasará”).
- Si menciona ideas de hacerse daño o no querer vivir, tomarlo siempre en serio y buscar ayuda de inmediato.
Qué hacer mientras no reciba atención profesional
Estas medidas no sustituyen la evaluación, pero ayudan:
- Mantener rutinas regulares de sueño, comidas, estudio y juego.
- Fomentar actividades agradables y contacto social, sin forzar en exceso.
- Limitar exposición a situaciones muy estresantes o conflictivas cuando sea posible.
- Ofrecer validación emocional: “tiene sentido que te sientas así”, “estamos contigo”.
- Evitar castigos o críticas por “estar triste” o “no tener ganas”; entenderlo como parte del problema, no como mala conducta.
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