Aunque menos común, la diabetes tipo 3 es un riesgo: ¿cómo diferenciarla?
Más que precisarla a partir de un diagnóstico clínico, la “diabetes tipo 3” se usa sobre todo como término de investigación médica
Tubo de prueba de sangre HOMA IR, para análisis de resistencia a la insulina. Crédito: StanislavSukhin | Shutterstock
La diabetes tipo 1 y tipo 2 constituyen las variantes más prevalentes de esta enfermedad y han sido objeto de un extenso estudio por parte de la comunidad médica. Pero su variante tipo 3 apenas si es conocida, aunque no es un concepto nuevo.
La expresión “diabetes tipo 3” se utiliza para describir una posible alteración de la señalización de la insulina en el cerebro asociada con la enfermedad de Alzheimer. Algunos expertos plantean que esa resistencia podría favorecer la acumulación de proteínas vinculadas a la enfermedad. No es lo mismo que la diabetes tipo 1 ni la tipo 2.
Es de destacar que actualmente no existe una prueba clínica validada para diagnosticar la “diabetes tipo 3” ni para medir de forma directa y rutinaria la resistencia a la insulina en el cerebro. “Diabetes tipo 3” se usa sobre todo como término de investigación para describir la posible relación entre alteraciones de la señalización de la insulina y la enfermedad de Alzheimer; no es una categoría diagnóstica oficial.
Una relación que puede ir en ambas direcciones
La investigación también apunta a que la diabetes tipo 2, la prediabetes y la resistencia a la insulina podrían elevar el riesgo de deterioro cognitivo y demencia. Sin embargo, la diabetes es un factor de riesgo: no significa que todas las personas con esta condición desarrollarán Alzheimer.
La diabetes tipo 3c se origina por daños en el páncreas, como los causados por pancreatitis, tumores o cirugía. Puede confundirse con la tipo 2, pero es distinta de la hipótesis que relaciona la resistencia cerebral a la insulina con el Alzheimer.
“Difiere de la diabetes tipo 1, en la que un proceso autoinmune impide que el páncreas produzca suficiente insulina, y de la diabetes tipo 2, en la que el cuerpo se vuelve resistente a la insulina y tiene dificultades para regular el metabolismo de la glucosa”, explicó a Newsweek Suzanne Craft, doctora en gerontología y medicina geriátrica y directora del Centro de Investigación de la Enfermedad de Alzheimer de la Facultad de Medicina de la Universidad Wake Forest.

Reducir los riesgos
La actividad física regular, mantener un peso saludable y seguir una alimentación equilibrada pueden contribuir a proteger la salud cognitiva. También es importante controlar factores cardiovasculares, como la presión arterial y el colesterol.
Mantener la glucosa razonablemente controlada probablemente ayuda a reducir algunos factores que contribuyen al deterioro cognitivo, pero no está demostrado que un control intensivo por sí solo prevenga el Alzheimer o detenga su progresión.
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