Los aranceles como arma política de Trump: presiona a Europa por Groenlandia
Durante un año, el presidente Donald Trump ha usado a los aranceles como una arma política: el último capítulo de Groenlandia y Europa lo confirman
El presidente Donald Trump durante el discurso en la Junta de la Paz con mandatarios de diversos países. Crédito: Markus Schreiber | AP
El año de Donald Trump ha estado marcado por una constante tensión entre economía y política exterior. Más que una herramienta comercial clásica, los aranceles se han convertido en un instrumento de presión directa para forzar concesiones estratégicas, reconfigurar alianzas y empujar a otros países a aceptar los términos de Washington. En este contexto, las tarifas han funcionado menos como un mecanismo recaudatorio y más como una palanca de negociación.
Desde el inicio del año, la política arancelaria de Trump ha mostrado un patrón claro: amenaza, presión, negociación y, en muchos casos, repliegue parcial. Este ciclo se ha repetido con socios comerciales tradicionales, rivales estratégicos y, más recientemente, con aliados europeos, dejando en evidencia que los aranceles operan como un lenguaje político más que como una política económica rígida.
A nivel interno, los aranceles han elevado costos y generado resistencia empresarial; en el plano comercial, han tensado relaciones históricas; y en el terreno geopolítico, han sido usados para avanzar objetivos de seguridad nacional que van mucho más allá del comercio.
Con todo esto, lo que queremos decir es que las amenazas de nuevos aranceles y las negociaciones alcanzadas por el presidente Donald Trump en el reciente Foro Económico Mundial de Davos, en Suiza, en torno a Groenlandia no son nuevas. Aquí te hacemos un recuento de un año de aranceles como arma política del mandatario.

El “Día de la Liberación”, el inicio de la presión arancelaria
El llamado “Día de la Liberación” marcó el momento simbólico en el que Trump reforzó su narrativa de soberanía económica. Bajo el argumento de “liberar” a Estados Unidos de acuerdos desventajosos, el presidente anunció una serie de aranceles que apuntaban a corregir déficits comerciales, proteger la industria nacional y recuperar control estratégico.
En esta fase inicial, los aranceles se presentaron como una herramienta necesaria para financiar al Estado, proteger empleos y fortalecer la posición internacional del país. Incluso se planteó, sin desarrollarlo plenamente, el objetivo de destinar parte de la recaudación a cheques de dividendo arancelario, una idea que quedaría abierta para una revisión posterior.
Más allá del discurso, el mensaje fue claro: Estados Unidos estaba dispuesto a usar su peso económico para forzar cambios.
Fase 2: Amenazas, negociaciones y repliegues
Conforme avanzó el año, la estrategia comenzó a mostrar matices. Ante el impacto de los aranceles en precios sensibles para los consumidores, la administración Trump optó en varios momentos por retrasar, suavizar o revertir tarifas cuando los países afectados mostraron disposición a negociar.
Este patrón se repitió con distintos actores:
- China, donde los anuncios de nuevos aranceles fueron seguidos por rondas de diálogo y pausas estratégicas cuando se alcanzaban compromisos parciales.
- México y Canadá, socios clave, donde las amenazas arancelarias se utilizaron como presión política en temas migratorios, energéticos y comerciales, para luego moderarse tras concesiones específicas.
Sectores específicos, como muebles, gabinetes de cocina y tocadores importados, cuyos aranceles fueron aplazados ante el riesgo de un impacto directo en el costo de vida de los hogares estadounidenses.
A medida que el año avanzó, quedó más claro que la política arancelaria de Trump estaba cada vez más vinculada a objetivos de seguridad nacional y reposicionamiento global. Los aranceles comenzaron a aparecer en discusiones que poco tenían que ver con comercio y mucho con control estratégico, influencia regional y recursos críticos.
El mensaje implícito fue constante: los aranceles no eran un fin, sino un medio.

El más reciente capítulo arancelario: Groenlandia y la presión sobre Europa
El caso de Groenlandia representa el ejemplo más explícito de los aranceles como arma política. Trump amenazó con imponer aranceles del 10% —y hasta 25%— a bienes provenientes de aliados europeos, incluidos Dinamarca, Alemania, Francia, el Reino Unido y países nórdicos, si no respaldaban sus planes para que Estados Unidos adquiriera o controlara la isla.
El argumento oficial fue la seguridad nacional. Groenlandia, ubicada estratégicamente en el Ártico, es clave para sistemas de alerta temprana, presencia militar y control de rutas emergentes, además de contar con vastos recursos minerales, incluidos minerales raros esenciales para tecnologías avanzadas.
Tras semanas de retórica agresiva, la presión dio paso a la negociación. Luego de una reunión con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, Trump anunció que se había alcanzado el “marco de un futuro acuerdo”, y acto seguido retiró la amenaza arancelaria contra los aliados europeos.
“Pueden decir que sí y lo agradeceremos. O pueden decir que no, y lo recordaremos”, dijo Trump en su discurso en el Foro Económico Mundial de Davos.
No hubo concesión de soberanía por parte de Dinamarca ni acuerdo formal sobre la propiedad de Groenlandia. Sin embargo, el repliegue arancelario confirmó el patrón: la amenaza cumplió su función política, abriendo negociaciones sobre seguridad, minerales, inversión y presencia militar estadounidense en la región.
A lo largo del año, la política arancelaria de Donald Trump ha dejado de ser un debate técnico para convertirse en un lenguaje de poder. Las tarifas no solo han servido para presionar a rivales comerciales, sino también para disciplinar aliados, forzar negociaciones y avanzar intereses estratégicos en seguridad y recursos.
El caso de Groenlandia cierra el círculo: amenaza económica, resistencia internacional, negociación y repliegue parcial, sin abandonar el objetivo de fondo. Más que una guerra comercial tradicional, Trump ha utilizado los aranceles como una palanca política flexible, capaz de tensar el sistema internacional sin romperlo del todo.
En este modelo, los aranceles no buscan necesariamente cobrarse, buscan doblegar voluntades.
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